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Chau, Chiche querido

Ser su amiga y también su abogada, su panelista y también alguien que discutía con él al aire, me enseñó que los vínculos verdaderos no necesitan estar libres de conflicto para ser genuinos.

Hay muertes que uno anticipa y muertes para las que, aun así, nunca está preparado. La de Chiche es de esas segundas. Lo vi pelear tantas internaciones, tantos diagnósticos que parecían el final, que en algún momento empecé a creer —como creía él— que iba a vivir doscientos años. Hoy tengo que escribir esto en pasado, y todavía no me sale.

Lo conocí primero de lejos, como espectadora. Allá por los 90, sentada frente al televisor, sin imaginar que años después iba a estar sentada a su lado. En esa pantalla aprendí, sin saberlo, una forma de mirar el mundo. Con el tiempo, ya como su panelista, entendí que esa forma tenía nombre propio: el estilo Chiche. Para él la noticia grande estaba escondida en lo pequeño. Le importaba más el precio de una gaseosa, de un café en un bar, o el kilo de un pan, que cualquier informe económico oficial. En cada viaje que yo hacía, tenía que traerle esos datos y si volvía sin el dato, o peor, si conseguía una oferta "imbatible" y no se la contaba enseguida, se enojaba de verdad. Ahí entendí que para él lo cotidiano no era anécdota: era el termómetro real de la macroeconomía, de la política, de la vida de la gente. Esa lección la sigo usando cada vez que leo una noticia.

Fui su abogada durante diez años. En ese rol lo vi de otra manera, más cerca de sus urgencias y sus batallas concretas. Él confiaba con una lealtad casi terca: "si vos me defendés, lo demás se arregla", me decía, y con eso alcanzaba. Nuestro último trabajo juntos fue un amparo para frenar el aumento de su prepaga. Lo ganamos. No podía darse el lujo que quedar sin cobertura médica. - Y como corresponde decir con nobleza: esa cobertura médica estuvo siempre a la altura de lo que él necesitó, hasta el final.

Ser su amiga y también su abogada, su panelista y también alguien que discutía con él al aire, me enseñó que los vínculos verdaderos no necesitan estar libres de conflicto para ser genuinos. Discutíamos en público, tanto como nos queríamos en privado. Las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo, y las dos eran públicas, porque así era Chiche: no tenía una versión para las cámaras y otra para la vida. Era el mismo, siempre.

Este año falleció mi papá, y tuvimos una charla al respecto, sus palabras me hicieron bien y seguramente les sirvan a sus propios hijos. “Quedate con lo bueno, porque lo bueno fue lo que valió la pena “

Lo que más me queda de estos años es algo que sospecho, también sintieron quienes trabajaron a su lado: la pasión que tenía por lo que hacía era, literalmente, lo que lo mantenía en pie. El trabajo era su medicina, mucho más efectiva que cualquier tratamiento. Cuando las noticias médicas eran peores, insistía más en ir al piso, en salir al aire, en volver a la radio, que era, creo, el amor más profundo que tuvo con un medio. No lo hacía por vanidad ni por costumbre. Lo hacía porque necesitaba seguir siendo periodista hasta último momento, y lo consiguió.

Gracias, Chiche, por las oportunidades que me diste sin pedir nada a cambio salvo compromiso. Por la confianza ciega en mi trabajo. Por los consejos que me diste, algunos profesionales, la mayoría sobre la vida, que voy a guardar para siempre. Confieso también tus consejos sobre ropa, hemos hablado de todo, aunque no puedo revelarlo porque eran nuestros asuntos y me los guardare.

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No sé bien qué hay después de esto, pero vos estarás allí haciendo la crónica... Cuando te fuiste a cubrir la guerra en Ucrania a los 79 años, todos te dijimos que estabas loco, y vos simplemente fuiste. No tuviste miedo entonces. No lo vas a tener ahora tampoco. 

Solo muere quien no es recordado, y vos lo serás sin duda alguna. –

Gracias por haberme dejado entrar en tu vida, y por el lugar que me diste para cuidar de tu amada familia cuando llegara este momento tan difícil.

Chau, Chiche querido. 

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