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Agosto atrae todas las miradas

*Por Carlos Pagni. Además de los candidatos y los programas -si los hubiere-, el sistema electoral será este año, como pocas veces, un protagonista decisivo en la disputa de poder.

El 14 de agosto se inaugurarán las internas abiertas, simultáneas y obligatorias. El volumen de votos que cada candidato obtenga en esas primarias será tan gravitante para el resultado de octubre que, ese día, se estará realizando, en verdad, la primera vuelta de la elección presidencial.

La impresión inicial es, sin embargo, engañosa. El régimen inaugurado con la reforma política del año 2009 va quedando, en sus aspectos principales, vacío de significado. La ley 26.571 pretendía inducir a cada candidato a presentarse en las internas de su propia fuerza política, con la noble intención de reconstruir el sistema de partidos. Esa regla era, de paso, favorable a Néstor Kirchner, quien esperaba recuperarse de la derrota de aquel año con una victoria dentro del PJ.

El cambio no tuvo el efecto buscado. El kirchnerismo se siente revitalizado, y su candidata, la Presidenta, no cree necesitar de un rival interno que la legitime. Al contrario, la Casa Rosada ofrece ahora su producto principal, Cristina Kirchner, en distintos envoltorios, con la aspiración de cubrir todos los matices del mercado electoral. Las "listas de adhesión" -un eufemismo para las viejas "colectoras"- son la expresión de esa estrategia.

Las primarias obligatorias también carecerían de sentido para la dinámica que se impuso en la oposición. El radicalismo y el Peronismo Federal naufragaron en sus internas particulares y caminan hacia agosto con un único candidato: Ricardo Alfonsín y Alberto Rodríguez Saá competirán consigo mismos. Igual destino buscan Elisa Carrió, en la Coalición Cívica; Eduardo Duhalde en Unión Popular; Felipe Solá, en Encuentro por la Equidad, o Jorge Altamira, en el Partido Obrero. Según la legislación actual, cada candidato debería alcanzar un piso de alrededor de 300.000 votos.

Aun cuando no cumpla con su propósito manifiesto, la escala de agosto será acaso más crucial que en su formato originario. La atmósfera de los dos últimos meses de la campaña presidencial estará determinada por el resultado de cada aspirante en esas elecciones preliminares.

Cristina Kirchner sueña con emerger el 14 de agosto como una candidata invencible. No sólo por el mayor número de votos, sino por la distancia que le saque a quien ocupe el segundo puesto en caudal electoral. Sería la mejor encuesta para corregir la derrota de su esposo en 2009.

Esa vuelta olímpica, de verificarse, podría ser injustificada. La suma de los votos opositores en la interna podría inducir a una polarización en la primera vuelta, que provoque el ballottage. Pero, a pesar de esa matemática, el clima de campaña que impondría un kirchnerismo recortado como primera opción electoral sería muy desalentador para sus adversarios.

El modo en que el Gobierno mueve las piezas indica que comprende mejor que nadie la lógica del juego. La Presidenta podría disfrutar de dos prerrogativas en agosto. La primera es la prohibición de contratar publicidad electoral para las primarias obligatorias. Los partidos políticos recién podrán hacer propaganda a partir de mediados de septiembre, es decir, 35 días antes de las elecciones generales. Por lo tanto, en agosto, las emisoras de radio y televisión sólo podrán pasar avisos gubernamentales. Se podrá advertir, entonces, el servicio estratégico que presta el programa Fútbol para Todos, exaltando a la señora de Kirchner en el horario central de cinco días de la semana.

La regulación de la publicidad proselitista fue impugnada en la justicia electoral por el macrismo, y ahora se espera una rápida definición de María Servini de Cubría.

El otro factor que beneficiaría a Cristina Kirchner en agosto es la interna partidaria que sus apóstoles preparan en la provincia de Buenos Aires. Sergio Massa sería allí el challenger de Daniel Scioli. Desde hace una semana, en toda la provincia aparecieron leyendas con el nombre de Massa, lo que indica que desde algún rincón del oficialismo se han comenzado a volcar recursos para promoverlo -estas materialidades habrían sido debatidas, no hace mucho, en una boda muy discreta y encumbrada-.

Massa podría aprovechar un contratiempo ajeno: el acuerdo de Francisco de Narváez con Alfonsín dejó desamparados a macristas y peronistas disidentes de la provincia de Buenos Aires. El intendente de Tigre podría dar a esos parias un lugar en sus listas seccionales y municipales.

La competencia entre Scioli y Massa movilizaría al Frente para la Victoria en una provincia clave, haciendo más abundante la cosecha de Cristina Kirchner, que encabezaría ambas boletas.

Sin embargo, las internas de agosto podrían convertirse para el Gobierno en una trampa mortal si los candidatos de la oposición consiguen que del resultado se desprenda la posibilidad de un ballottage. Esa percepción disiparía el triunfalismo oficial y haría más visible el malestar de quienes hoy se consideran desdeñados por una Presidenta que apuesta a ganar con relativa prescindencia del aparato partidario y sindical.

La síntesis que, con muchas dificultades, se está produciendo alrededor de Ricardo Alfonsín hace pensar que el radicalismo está en mejores condiciones de acumular el número de votos imprescindible para producir ese cuadro.

¿De qué modo Alfonsín, que carece de un adversario radical, conseguiría que el universo no kirchnerista se incline por él en las primarias? En principio, debería convencer a esos ciudadanos de que, al votar a alguien que compite consigo mismo, evitan que se instale la sensación de un triunfo irreversible del Gobierno a dos meses de las presidenciales. Una de las estratagemas para conseguirlo es presentar a los demás candidatos de la oposición, sobre todo a Carrió, como colaboradores involuntarios del triunfo de la Presidenta. Para alcanzar ese objetivo, Alfonsín debería aumentar su agresividad con el kirchnerismo. Es lo que mejor le sale a Carrió.

La ingeniería electoral de la UCR no asegura un buen resultado en las internas. Alfonsín está pensando en promover "listas de adhesión". Es decir, participaría de las generales de octubre con boletas de gobernadores o diputados nacionales colgadas de su fórmula. Descarta, en consecuencia, inscribir en la Justicia un frente dentro del cual compitan distintas agrupaciones en las primarias de agosto, aun cuando esta opción lo premiaría con una gran movilización electoral.

Para esta segunda alternativa, Alfonsín tiene un límite simbólico: sus socios de centroizquierda se niegan a integrar un mismo espacio con De Narváez o Mauricio Macri. Esos reparos esconden una pizca de cinismo. Hermes Binner, por ejemplo, gobierna en Santa Fe con la misma Democracia Progresista que acompaña a Macri en la Capital -Oscar Moscariello, presidente de la Legislatura, pertenece a ese partido-. Y Margarita Stolbizer propuso en 2009 una alianza con los ruralistas Mario Llambías y Hugo Luis Biolcati, que no están a la izquierda de De Narváez.

Sin embargo, la resistencia principal a convivir con Macri que está encontrando Alfonsín no es la de Binner ni la de Stolbizer, sino la de De Narváez. El candidato a gobernador no quiere subir a sus listas a los náufragos de Pro. Esa contradicción apareció con el peor rostro el jueves pasado, en la agresiva reunión de Macri y De Narváez. Además de estrategias electorales, ambos debatieron cuestiones de negocios. Por ejemplo, la causa penal que inició el sindicato del juego, que conduce el jefe de campaña de De Narváez, Daniel Amoroso, contra el binguero, ex tesorero de Boca y recaudador del macrismo Daniel Angelici. Delicada dificultad la de Alfonsín: al menos por ahora su lista de problemas no está encabezada por la señora de Kirchner.