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Obesidad y tratamientos GLP-1: qué debemos saber

Las nuevas terapias basadas en GLP-1 y otros medicamentos relacionados han transformado el tratamiento de la obesidad. Sin embargo, su eficacia no significa que puedan reemplazar la alimentación, la actividad física ni el acompañamiento profesional.

En los últimos años, medicamentos como Semaglutida, liraglutida y, más recientemente, tirzepatida forman parte de un grupo de tratamientos que han cambiado el abordaje farmacológico de la obesidad y han demostrado resultados significativos en la reducción del peso corporal.

Pero ¿qué son exactamente y cómo funcionan? Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) imitan la acción de una hormona que participa en la regulación del apetito y de la glucosa. Estos medicamentos pueden aumentar la sensación de saciedad, disminuir el apetito y enlentecer el vaciamiento gástrico. La tirzepatida, además, actúa sobre los receptores de GIP, por lo que pertenece a un grupo de terapias denominadas agonistas duales de incretinas.

Su efecto sobre el peso corporal está ampliamente estudiado. En el ensayo clínico STEP 1, que incluyó adultos con sobrepeso u obesidad sin diabetes, el tratamiento con semaglutida 2,4 mg semanal, acompañado de una intervención sobre el estilo de vida, produjo una reducción media del peso corporal cercana al 15% a las 68 semanas, frente a aproximadamente un 2,4% con placebo. Además, se observaron mejoras en distintos factores de riesgo cardiometabólico.

Los resultados con tirzepatida también son relevantes. En el estudio SURMOUNT-5, publicado en 2025, adultos con obesidad sin diabetes tratados durante 72 semanas presentaron una reducción media del peso del 20,2% con tirzepatida, frente al 13,7% con semaglutida. Los eventos adversos más frecuentes fueron gastrointestinales y, en general, de intensidad leve a moderada.

Estos resultados muestran que se trata de tratamientos eficaces. Sin embargo, eficaz no significa milagroso ni significa que sea adecuado para todas las personas.

La indicación de estos medicamentos debe realizarse dentro de una evaluación médica individual, teniendo en cuenta el estado de salud, las enfermedades asociadas, los objetivos terapéuticos, las posibles contraindicaciones, los efectos adversos, el acceso y las preferencias de cada paciente. Las recomendaciones clínicas actuales consideran a semaglutida y tirzepatida como opciones farmacológicas para determinadas personas con obesidad, siempre como parte de un abordaje que incluya modificaciones del estilo de vida.

El papel que tiene la alimentación durante el tratamiento: la disminución del apetito que producen estos medicamentos puede ser beneficiosa para facilitar el descenso de peso, pero también puede generar un desafío nutricional: al comer menos y es necesario prestar especial atención a qué se está comiendo.

Una reducción importante de la ingesta puede dificultar alcanzar los requerimientos de proteínas, fibra, vitaminas y minerales si la alimentación no está adecuadamente planificada. Por este motivo, el acompañamiento nutricional puede ayudar a priorizar alimentos de alta densidad nutricional y a distribuir adecuadamente las comidas de acuerdo con la tolerancia y las necesidades de cada persona.

Además, los síntomas gastrointestinales son frecuentes, especialmente durante el período de aumento de dosis. Náuseas, diarrea, constipación, vómitos, distensión o sensación de saciedad precoz pueden afectar la cantidad y variedad de alimentos consumidos. En los estudios con semaglutida, las náuseas y la diarrea estuvieron entre los efectos adversos más frecuentes y generalmente fueron transitorios.

Por eso, la alimentación durante el tratamiento no debería reducirse simplemente a “comer menos”. Es necesario lograr que una menor cantidad de alimentos siga proporcionando suficiente proteína, fibra y micronutrientes, además de contemplar la tolerancia digestiva y las preferencias de cada paciente.

Por otro lado, uno de los aspectos que actualmente genera mayor interés científico es la composición corporal. Cuando una persona pierde peso, no pierde exclusivamente tejido adiposo. Parte de la pérdida puede corresponder a masa libre de grasa, dentro de la cual se encuentra el músculo. Por eso, en el tratamiento de la obesidad, el objetivo no debería ser únicamente conseguir que la balanza marque un número menor, sino mejorar la composición corporal y preservar la función muscular.

En este contexto, la alimentación adecuada y el ejercicio de fuerza adquieren especial importancia. El entrenamiento de fuerza contribuye a mantener y desarrollar la masa muscular y debería formar parte del abordaje cuando las condiciones de salud de la persona lo permitan.

Otro aspecto fundamental es comprender que la obesidad es una enfermedad crónica. Los medicamentos pueden ser una herramienta muy eficaz, pero no necesariamente constituyen un tratamiento breve que se utiliza hasta alcanzar determinado peso y luego se abandona.

En la extensión del estudio STEP 1, las personas que suspendieron semaglutida después de 68 semanas recuperaron aproximadamente dos tercios del peso que habían perdido durante el tratamiento en el año posterior. También se observaron reversiones de varias de las mejoras metabólicas obtenidas.

Este resultado no significa que el medicamento “no funcione”. Por el contrario, evidencia que la obesidad requiere un abordaje a largo plazo y que la continuidad del tratamiento debe evaluarse individualmente. La decisión de iniciar, mantener, modificar o suspender una medicación debe realizarse junto con el equipo de salud.

Como conclusión, el tratamiento nutricional continúa teniendo un papel importante. El objetivo no es imponer una dieta restrictiva, sino acompañar al paciente en la construcción de una alimentación adecuada, flexible y sostenible, adaptada a los cambios que puedan producirse durante el tratamiento farmacológico.

También es importante trabajar sobre otros componentes del estilo de vida: actividad física, entrenamiento de fuerza, descanso, manejo del estrés y conducta alimentaria.

En definitiva, los medicamentos basados en GLP-1 representan un avance importante en el tratamiento de la obesidad y cuentan con evidencia científica sólida sobre su eficacia. Al mismo tiempo, no deberían ser considerados una “inyección mágica” ni una alternativa aislada a la atención integral.

 

Lic. Celeste Demarco

Licenciada en Nutrición – M.N. 12.700

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