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Murió Mario Zagallo, pentacampeón del mundo con la Selección de Brasil 

  Fue campeón mundial como jugador en Suecia 1958 y Chile 1962. Pero su Gioconda fue como DT del Scratch de México 1970. Luego, como ayudante, festejó en Estados Unidos 1994.


Brasil, la Selección de Brasil, la Verdeamarela, transita una crisis terminal. Es como si la Amazonia se quedara sin árboles o el mar se tragara las playas de Copacabana. Un día después de que despidieran al DT Fernando Diniz murió Mario Zagallo. A los 92 años se fue el viejo Lobo. Si estuviera vivo, seguro que hubieran echado mano de él para salir del desastre. Pero el Lobo se murió. Y el agujero que deja en esa camiseta verde y amarilla es directamente proporcional a su legado.

Los datos sobre su vida deportiva son conocidos hasta por los principiantes, y si no, Wikipedia, a pesar de sus imprecisiones, lo resuelve en un santiamén. No pasa por ahí la cosa sino por medir la importancia que tuvo Zagallo en el fútbol (y acaso en la cultura) brasileña, tal vez a la altura de mitos como Pelé o Garrincha. Así de simple. Brasil perdió a su héroe permanente, al hombre de consulta, el que siempre salía a apagar incendios como los de estos días.

Cuando la CBF echó a Joao Saldanha llamó al Lobo que ya tenía colgadas las medallas de los Mundiales de Suecia 1958 y Chile 1962 como jugador. Zagallo recibió una generación inigualable pero desmembrada. Como dice César Luis Menotti, puso el inodoro en el baño y el sofá en el living, de la manera más sencilla. Dejó que los jugadores resolvieran. Así nació el Brasil del 70, los Beatles del fútbol de la época. Había sido jugador del América, Flamengo y Botafogo hasta su retiro en 1965 y al año siguiendo comenzó a dirigir al equipo de la Estrella Solitaria.

En esos años, la Selección padecía el caos tras la eliminación temprana del Mundial de Inglaterra donde Pelé salió con vida de milagro por la masacre a la que lo sometieron los portugueses. Zagallo fue interino entre 1967 y 1968, Saldanha tomó la posta pero el viejo periodista, en plena dictadura, luchaba con el sambenito de su fe comunista, le envidia de sus colegas, el destrato de los dirigentes y el odio de Pelé, al que había relegado a la suplencia en un amistoso ante Bulgaria y lo sentó en el banco con el número 13 en la camiseta.

Faltaba poco para ir a México y Joao Havelange, que todavía no había llegado a la FIFA lo echó. Venga, Lobo. Faltaban tres meses para ir al Mundial y otro amistoso, ahora con Austria, sería la despedida de los torcedores.

En una habitación del Hotel das Palmeiras hubo una reunión. Las versión aquí toman dos caminos. Una, que Pelé, Gerson y Clodoaldo tomaron las riendas y decidieron que Tostao, Jairzinho y Rivelino deberían ser titulares, Otra que Zagallo, conocedor de las divisiones internas, les propuso esa reunión a solas a sus jugadores para formaron grupo, olvidar peleas y comprometerse por el objetivo de ir a ganar el Mundial.

Como fuere, los tres “jefes” de la Selección le comunicaron a Zagallo su parecer. Al Lobo no le pareció mal y dibujó el sistema que emplearían. Era una audacia. Pelé era el 10 del Santos, Rivelino el de Corinthians, Tostao el de Cruzeiro y Gerson el de San Pablo, al que había llegado tras participar de la época gloriosa de Botafogo (1963-69) compartiendo equipo con el propio Zagallo, dos glorias como Didí y Garrincha y un joven Jairzinho, un 10 natural que ante la abundancia de calidad debió correrse como extremo derecho.

El Lobo dejó la defensa tradicional de cuatro hombres: Félix al arco; Carlos Alberto, Piazza, Brito y Everaldo o Marco Antonio. Hizo lo que hoy sería un doble pivote con Clodoaldo y Gerson, el hombre que sabía todo, dentro y fuera de la cancha. Abrió a Jairzinho a la derecha y a Rivelino del otro lado y nunca se supo quién era el delantero de punta, Tostao o Pelé. No había puesto fijos, sino ocupación de los espacios.

La movilidad y la calidad inmensa de esos cinco hombres más la jugada de inicio de Clodoaldo (un Busquets o un Rodri de hoy) le dieron a Brasil la propiedad exclusiva de la pelota. Ya se sabe cómo terminó aquella historia. Hubo más títulos como técnico o ayudante de técnicos. Pero en México pintó su Gioconda, y escribió su Novena Sinfonía. En México se devoró a Caperucita. Ahora, Lobo no está.

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