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Los jóvenes no aceptan que les pongan horario para divertirse

Dueños de la noche. Entran y salen de los boliches más allá de los límites permitidos por la nueva ley de nocturnidad. Marcan el ritmo con el paso del robot de "Pa-panamericano" y fijan sus propios códigos de verano.

Metro setenta y pico sobre las plataformas de corcho. Falda mínima floreada, remera híperajustada, gran escote. Reggaeton que escupe el grabadorcito y se pega en la paredes del pequeño departamento alquilado sobre la calle Córdoba, y el cabello de Florencia que se mece por la música y el soplido del secador de pelo. Los turnos para la ducha están organizados: ya pasó Flor, después le toca a Daniela y más tarde a Catalina. Cuando la aguja ya marcó las dos en Mar del Plata, a las chicas de Vicente López todavía les falta algo más de una hora para terminar de producirse.

La vigencia de la ley de nocturnidad, que entre otros puntos restringe el ingreso a las discos a las 2 de la mañana y que exige que la noche se termine a las 6.30, todavía no es capaz de fijarle el horario a los miles de jóvenes que cada noche salen a bailar en temporada. Ellos son los dueños del reloj, los que imponen sus propios horarios para salir, los que marcan el ritmo y los tiempos del boliche. "En Buenos Aires corro todo el día entre la facu y el trabajo. Mirá si me voy a apurar ahora... no quiero que nadie me diga qué ‘ahora’ tengo que entrar al boliche y menos que me saquen cuando la noche recién empieza", sentencia Florencia Méndez, 24 años, que ya terminó de arreglarse el pelo y ahora pincela una sombra celeste sobre sus párpados.

La 14.050, más conocida como ley de nocturnidad, fue sanciona en noviembre de 2009 por el Gobierno bonaerense. Además de ordenar el ingreso y cierre de los boliches, exige que las barras dejen de vender alcohol a las 4.30. Y si bien el cierre está previsto según la norma a las 5.30, los municipios de estas ciudades balnearias lograron extender el horario en un convenio con la Provincia, hasta las 6.30. También busca que los lugares estén habilitados, que cumplan con las normas de seguridad y que tengan en regla el permiso para vender bebidas alcohólicas. Y no puede haber menores de 18 años dentro de los locales, excepto que sea matineé.

Pero en Mar del Plata, Gesell y Pinamar, los chicos solo quieren divertirse. Y lo hacen por fuera de la regla, con la complicidad de los dueños de las discos. En Gesell, donde casi no hay controles, no existen los límites de horarios: los chicos bailan hasta el amanecer, poseídos por el ritmo de "Memories", del DJ holandés David Guetta. Y del "Pa-panamericano", con su pasito robótico.

Respecto del cierre, los mismos boliches se delatan. Es el caso de Pueblo Límite, que en su perfil de Facebook promociona el fin de la noche a las 8. Y no mienten: a las 7.15 las tres pistas están repletas, tal como lo comprobó Clarín en una recorrida. El ingreso no se corta a las 2.
Lo confirma Lucas, un rosarino que pagó $ 40 la anticipada y entró al boliche recién a las 4. Y para los chicos, la noche no termina ahí: como muchos, él le puso punto final con un chapuzón en el mar de la playa de la 103 y 1.

La previa también es un fenómeno en temporada. En Pinamar, antes de amucharse en la disco KU- El Alma, los pibes se relajan en sus casas o en los bares de Bunge y encaran para la disco recién después de las 2.30. En La Feliz, segunda patria del Fernet con Coca, el punto de encuentro es en los departamentos. "¡Tenemos la heladera llena!", gritan a dúo Carla Chávez y su hermana, Nara. Es que si los chicos planean sus vacaciones por quincenas, el presupuesto no rinde. El trago más demandado, energizante con vodka, se consigue en los boliches a $ 17. "A tres por noche, por trece días de boliche, no te dan los números", reflexiona Nara. Pero si el ahorro destinado al verano es abultado, entonces se puede invertir en una botella de champagne Chandon a $ 180 o un Baron B a $ 220. Así se bebe en Esperanto de Mar del Plata, al son de la versión local del "Pa-panamericano", adaptado a la lengua popular, devenido en un "Por Panamericana".

El uniforme de Carla y Nara, es la tendencia de esta temporada: vestidos muy cortos para lucir el bronceado de las piernas. Y las piernas, claro. Y no importa si trastabillan en la vereda. Lo valen los zuecos de madera, otro "must" en Mardel. "Están listas para encarar. La verdad es que a veces nos sentimos bastante boludos. No nos dan tiempo para el piropo", ¿alivia? Valentín Irustia, 27 años, de Saavedra, en la puerta de Sobremonte. Su amigo asiente en un cálculo poco romántico: "La fórmula rinde: minas lindas y entregadas, diversión asegurada".

No se cumplen los topes horarios en la Costa. Pero tampoco hay mucha noción de parte de los jóvenes que van a divertirse a los centros turísticos acerca de la Ley de Nocturnidad. Lo explica Luis Lamberto, al frente de la disco Chocolate, una de las más importantes de la avenida Constitución junto a Sobremonte y Esperanto: "Es que vienen muchos chicos de Rosario, Córdoba y Mendoza que no saben que en la Provincia hay una regla que fija los horarios y la venta de alcohol. Y claro, algunos no lo entienden, otros se sorprenden y también están los que se enojan. ¿A quién le gusta que le organicen la vida?", pregunta.

Amanece de nuevo en Mar del Plata y cuando ahora la aguja marca la siete, los pibes se tapan la cara. Les molesta la luz del sol, están aturdidos, con el cuerpo blando. Uno alcanza a sacarle el teléfono a una chica. Otro está sentado en el cordón de la vereda, con la cabeza entre las manos y mira fijo el asfalto: si pudiera abrir la boca diría que es la última vez en su vida que va a tomar así. Ellas gritan porque no hay taxis que paren. Afuera de los boliches es la hora de los puestos de panchos, que sacan salchichas de las ollas como si fueran pescados.