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Los hermanos Leonelli, homicidas seriales mendocinos

Los condenaron por matar para no pagar sus deudas. Las historias y los mitos alrededor de José María y Marcos Mauricio.

Ciudad de Mendoza, 20 de diciembre de 1916, a las 11.30 hs., en la esquina de Urquiza y Salta, Juan y María Putativa, escucharon gritos ininteligibles que provenían de la casa lindante.

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El hombre corrió hasta el centro fundacional, distante a solo doscientos metros. Allí por aquel entonces se encontraban los edificios públicos, la Gobernación...la Policía.

María, se quedó asustada y escuchó más claramente un  "¡Socorro, que me matan!".

Luis Falas, otro vecino del lugar, también se sorprendió por los gritos e individualizó que provenían de la cochería ubicada solo a unos metros de la esquina, sobre la calle Urquiza.

Por la ranura del buzón de correspondencia, pudo ver claramente como dos hombres golpeaban sin piedad a un tercero que yacía en el piso.

Los vigilantes Juan Guerrero  y Andrés Orozco de la Comisaría 3ra. corrieron alertados por Juan Putativa, golpearon la puerta de Urquiza 191 y fueron atendidos por uno de los dueños del lugar, José María Leonelli, quien se asomó por la puerta entreabierta; a los policías les llamó la atención que las manos y las mangas de su camisa se encontraban teñidas de sangre.

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Los agentes del orden pretendieron ingresar y ante la negativa de quien los había recibido, irrumpieron hacia el interior, visualizando rastros de sangre en el piso del corralón. Comenzaron un allanamiento informal y debajo de la entrada al sótano hallaron el cadáver de quien hasta hacía instantes pugnaba por su vida, con el cráneo destrozado, la ropa hecha jirones y el cuello lastimado, un alambre retorcido había sido empleado para estrangularlo. El cuerpo estaba próximo a una pila de escombros. La policía detuvo a José María Leonelli, a su hermano Marcos Mauricio, y a la madre de ambos, Teresa Paolantonio.

La víctima era Tufik Ladekani, de origen sirio, al que ultimaron para apropiarse del dinero que traía. Los $ 7.500 que los Leonelli intentaron sustraerle aún permanecían en su portafolio de cuero negro. 

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Ladekani, un joven de solo dieciocho años era un prestamista y cambista de moneda extranjera que gozaba de cierto prestigio en la comunidad mendocina, operaba en la zona bancaria y en unos días iba a contraer matrimonio.

Esa mañana,  José Maria Leonelli le habría propuesto un negocio; Ladekani se dirigió  con él a cerrar el trato en la cochería. Ya en la casa de la esquina de Salta y Urquiza lo esperaba el hermano mayor, Marcos Mauricio.

Marcos Mauricio lo atacó con la palanca de freno de madera de uno de los carros que tenía un pesado remache de hierro en un extremo. José María tomó un alambre, le dio dos vueltas alrededor del cuello y comenzó a estrangularlo mientras la infortunada víctima se resistía y gritaba, hasta que quedó inmóvil.

Poco después del mediodía, los hermanos eran conducidos a celdas contiguas de la Comisaría Tercera de la Ciudad de Mendoza.

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Teresa Paolantonio de Leonelli quedó viuda con la penosa tarea de mantener a sus cinco hijos. El almacén  que su esposo tenía en la esquina de Salta y Urquiza fue cerrado y abrieron una cochería sus dos hijos mayores, Marcos Mauricio y José María. 

Los Leonelli eran respetados por sus vecinos y por su entorno comercial, aunque poco a poco lo que comenzó como un negocio próspero, se convirtió en una trampa financiera. Las deudas los acorralaron y se vieron en la necesidad de hipotecar sus propiedades.

 

Pocos conocían la situación financiera de los hermanos, dos de ellos fueron Juan María Dávila y Julián Azcona, acreedores de los Leonelli. Misteriosamente de ambos se desconocía su paradero.

Las sospechas sobre la participación de los hermanos en crímenes no resueltos, determinaron una investigación y se impulsó con toda celeridad  un relevamiento en los terrenos de su propiedad. A partir de allí, y para indignación de la sociedad mendocina, comenzaron a esclarecerse las extrañas desapariciones.

Dos días después de iniciados los trabajos de excavación, revelarían el hallazgo de restos humanos con distinta evolución tanatológica en distintos lugares.

El 23 de diciembre de 1916, un cadáver fue encontrado en el baño, que todavía llevaba alrededor de su cuello la toalla y las cuerdas con que había sido estrangulado. Pertenecía a Julián Azcona, un español vendedor de cigarrillos que se había vinculado comercialmente con Marcos y José y por algunos negocios éstos  le debían $ 6.000, suma que, en reiteradas ocasiones les había reclamado.

El 18 de julio de 1916, Azcona salió con su carretela, temprano, a vender tabaco. Pocas horas más tarde, el dueño de la Cigarrería Inglesa recibió un telegrama del propio Azcona, en el cual comunicaba que dejaría su carretela frente al centro Región Valenciana para que la pasara a buscar su hermano Adrián, porque él debía viajar con urgencia al norte. La carretela apareció en ese sitio, pero su paradero se convirtió en un misterio.

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A medida que pasaban los días y continuaban las excavaciones, el 24 de diciembre, fueron apareciendo otras partes de cuerpos humanos, animales, ropas, huesos y un sombrero con las iniciales J.M.D.

Esta prenda pertenecía a Juan Dávila, un hombre dedicado a los negocios del corretaje que había desaparecido desde el 15 de marzo de 1915, cuando fue a la casa de los Leonelli a cobrar un crédito hipotecario de $ 8.000. Dávila había corrido la misma suerte que Ladekani y Azcona.

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El 25 de diciembre, en otro lugar de la casa fueron hallados pequeños restos que pertenecían a una criatura de aproximadamente siete meses de gestación.

Los hermanos poseían una finca en Guaymallén, conocida como la Bola de Lata. Los curiosos vulneraban las tranqueras y husmeaban por las ventanas. Todos aseguraban que un olor nauseabundo surgía de una de las habitaciones. Seguramente allí tenían ocultos otros cadáveres, conjeturaban, la finca fue virtualmente reducida a escombros, según las fotos de la época, pero no se hallaron otros cuerpos.

Francisco Petruolo fue también inmolado. Los Leonelli le debían una hipoteca de $ 10.000. Apareció muerto en el canal Zanjón, hoy canal Cacique Guaymallén, al caer con su vehículo. Se dedujo que José María y Marcos Mauricio habían premeditado una trama para simular la cancelación del compromiso y luego lo ultimaron, simulando el accidente.

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Las familias de otros desaparecidos, Alejo Samper y Tomás Guajardo, procuraban acreditar la existencia de deudas que los Leonelli habían contraído con ellos y rondaban la casa esquina con la expectativa de concluir allí su dilatado peregrinaje en procura de una respuesta sobre el destino de sus seres queridos.

Se sucedieron más denuncias de desapariciones de personas vinculadas comercialmente con los Leonelli. Pero éstas no se pudieron comprobar debido a que sólo se identificaron los restos de cuatro personas. Con más de quinientas hojas de sumario, incluida la confesión, los hermanos fueron sentenciados. La fiscalía pidió la pena de muerte, pero esa condena nunca se llevó a cabo.

Los homicidas fueron llevados a juicio en 1918, sólo por tres hechos: los de Dávila, Azcona y Ladekani. Si bien la existencia de otros restos (como los del no nato) los comprometían, no fueron invocados en la acusación por falta de un plexo probatorio suficiente.

Historias populares o mitos urbanos indican que años más tarde, en 1930, un incendio en la manzana de la propiedad de Urquiza 191 hizo derrumbar los tapiales y quedaron al descubierto más cadáveres, aunque en ese momento ya los hermanos habían sido sentenciados.

José María fue condenado a veinticinco años de prisión y Marcos, a pena de muerte, pero no fue ejecutado en la Penitenciaría Provincial, porque las Asociación de Damas Pro Glorias Mendocinas intercedió por él, en un franco rechazo a la pena capital. El Gobernador conmutó la pena y en 1923 fueron trasladados a la Cárcel de Ushuaia. Veinte años más tarde José María recobró la libertad y Marcos falleció en el Penal.

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En los últimos días de diciembre de 1916, el Juez de la Causa, había dispuesto la "Auscultación frenológica de los Criminales", según el Diario Los Andes del 27 de diciembre de 1916.

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Francis Joseph Gall (1758-1828), fue el anatomista austríaco fundador de la frenología. Se dedicó al estudio del sistema nervioso, especialmente del cerebro. Con la colaboración de su alumno favorito, John Carpar Spurzheim (1778-1832) volcó sus investigaciones en cuatro volúmenes y un atlas que aparecieron de 1810 a 1819.

Gall demostró que la materia gris del cerebro consiste en fibras de nervios, y estableció la doctrina de la  localización en partes del cerebro de los procesos mentales.

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En su obra indicaba que las causas de la criminalidad  se evidenciaban en la morfología del cráneo; visitó numerosas cárceles donde sostuvo que en sus hallazgos había quedado de manifiesto que los condenados a muerte presentaban deformaciones craneanas.

 

Dibujaba un mapa cerebral donde estableció treinta y ocho zonas. En alguna de estas zonas, particularmente en la séptima, estaba, según su criterio, la causa de la criminalidad.