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Límites al giro ideológico de Cristina

* Por Carlos Pagni. Cada 7 de septiembre, desde hace por lo menos un lustro, un pequeño grupo de militantes de izquierda se ha estado reuniendo en la localidad de William Morris para conmemorar el Día del Militante Montonero.

Pero este año, por primera vez, el ritual no ha pasado inadvertido. La concentración del viernes en la esquina de Potosí y Villegas, donde los guerrilleros Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus perdieron la vida en un enfrentamiento con la policía, dejó de ser una performance de museo para ingresar, con sentidos múltiples, en la política cotidiana.

Una de las razones de este deslizamiento es que ahora el kirchnerismo gobernante asumió como propia la revalorización de la lucha armada . Abal Medina y Ramus simbolizan esa opción por la violencia.

El elogio oficial al militante acaba de incorporar un elogio al combatiente. Hasta ahora, el Día del Montonero era celebrado por organizaciones que simpatizan con el Gobierno. Este año, en cambio, funcionarios del Gobierno adhirieron a la ceremonia a través de las organizaciones que lideran. La intervención más llamativa fue la de la Corriente de Liberación Nacional (Kolina). Es la agrupación de Alicia Kirchner, que en todas las hipótesis figura como la primera candidata de la Casa Rosada en la provincia de Buenos Aires para las elecciones del año próximo. También como la encargada de mantener a la familia en el poder si es que su cuñada no consigue postularse en 2015.

La adhesión de Alicia Kirchner a una exaltación de la guerrilla es, en principio, una nueva demostración de cómo la imaginación histórica puede reelaborar una biografía.

La ministra fue subsecretaria de Acción Social de Santa Cruz entre 1975 y 1983, es decir, durante toda la dictadura militar. Asumió ese cargo a las órdenes de Carlos Parolín, el último interventor federal con el que Isabel Perón, en plena regresión lopezreguista, reemplazó a Jorge Cepernic. Queda más claro, entonces, por qué Parolín gestionó la inmediata liberación de Cristina y Néstor Kirchner cuando el Ejército los detuvo en enero de 1976. Sin embargo, a la hora de bautizar una de sus represas patagónicas, la Presidenta no pensó en Parolín. Pensó en Cepernic. Los Kirchner son el contrafactual encarnado.

La reinvención de Alicia Kirchner es una fase en la construcción de su candidatura. La ministra recorre la provincia derramando recursos del Estado; teje su propia red de organizaciones sociales; con el tono de una antigua catequista, se ha animado a hablar en público; amplía la burocracia de Kolina con más y más secretarías; indaga su popularidad en las encuestas.

La participación de su agrupación en un homenaje montonero es otra señal de la radicalización oficial. Las elecciones del año próximo decidirán la continuidad o la crisis del actual proyecto de poder. Que la Presidenta enfrente el desafío con una candidata que reivindica "la soberbia armada" hace juego con el avance estatizante, el reformismo civil y penal, una visión libertaria del sistema penitenciario, la impugnación del régimen de propiedad de la tierra, el direccionamiento del crédito bancario. Es comprensible que esta desinhibición ante los límites presentes revierta hacia el pasado en una aceptación de lo que tuvo de más extremo y cruento la insurgencia setentista. En otras palabras: el sesgo de la campaña de Alicia Kirchner es otra demostración de que su cuñada, la Presidenta, tiene en claro hacia dónde quiere ir.

Incógnita

La incógnita es hasta dónde llegará. Las encuestas siguen registrando una caída de la imagen presidencial, que se extiende al conurbano bonaerense. Además, algunas iniciativas electorales no cumplen con los resultados previstos. Cuando sondearon la reacción del público frente al proyecto de hacer votar a los extranjeros, los sociólogos contratados por el Gobierno detectaron una inquietante reacción xenófoba. El voto adolescente, por otra parte, sería inocuo. Si el 70% de los nuevos electores se inclinara por el kirchnerismo, éste no sumaría más del 0,6% del padrón.

Estas limitaciones son más importantes porque con su polarización ideológica la Casa Rosada entra en tensión con el peronismo. Y con franjas del propio kirchnerismo. Alicia Kirchner es una protagonista clave del distanciamiento: intendentes y gobernadores le reprochan alimentar con beneficios materiales a organizaciones que no se someten al poder local. El ejemplo más elocuente es la alianza con Milagro Sala, que tiene acorralado a Eduardo Fellner en Jujuy.

La tirantez de la Presidenta con el peronismo se expresa también en algunas iniciativas de saludable autopurificación. La señora de Kirchner acaba de apartar a Enarsa de la compra y distribución de combustibles. Las ramificaciones de ese negocio, que administraban Julio De Vido, Roberto Baratta y Santiago Pierro, llegan hasta Hugo Moyano. También tendría derivaciones insospechadas la acusación contra el juez federal de Quilmes, Luis Antonio Armella, por presuntas irregularidades en la limpieza del Riachuelo. Los mismos militantes de La Cámpora que pusieron bajo la lupa la comercialización de gasoil están investigando las resoluciones de Armella que obligaron a YPF a contratar seguros ambientales. Los inquieta saber si existe alguna relación entre el quilmeño Armella, su vecino Aníbal Fernández, la aseguradora Testimonio y Angelo Calcaterra, el primo de Mauricio Macri. Juan Manuel Abal Medina, el sobrino del caído en William Morris, ya tendría la respuesta.

La corporación sindical es el banco de pruebas más inmediato del conflicto entre Cristina Kirchner y el peronismo. La conmemoración de los montoneros no es indiferente: un cadáver, el de Rucci, separa al gremialismo de los nostálgicos de la guerrilla.

Esta fricción con el PJ comienza a proyectarse sobre el campo electoral. Daniel Scioli no romperá con la Presidenta. Pero sería muy ingenuo no vincularlo con algunas jugadas que restarán votos a Alicia Kirchner. La candidatura de Roberto Lavagna a diputado nacional, por ejemplo. Este diario informó hace tres meses sobre las conversaciones en las que Scioli y Lavagna pactaron una alianza que incluye a Moyano. La estrategia del gobernador lleva a la práctica la dudosa geometría de Alberto Fernández, otro de sus alfiles, quien pretende confrontar cristinismo y kirchnerismo. A Scioli le encantaría incluir en su diagrama a Sergio Massa, el popular intendente de Tigre. Intentará ofrecerle lugares en el gabinete para ensayar un cogobierno que anticipe la sucesión en el poder provincial.

El objetivo de Scioli es que el oficialismo haga en la provincia una elección mediocre: ni tan mala que complique una sucesión administrada ni tan buena que habilite una reforma constitucional con reelección. En La Plata festejaron la encuesta de Management & Fit, la consultora de Guillermo Seita -el eterno padrino de Amado Boudou-, donde se consigna que el 54% del público rechaza esa reforma.

El kirchnerismo ultra no concibe ese escenario e insiste en modificar la Ley Fundamental. Algunos promotores, como Ricardo Forster, todavía juegan a las escondidas. Sostienen que no se trata de conseguir la reelección, pero aclaran que la constituyente es soberana. El entusiasmo los ciega ante una paradoja. Con los números actuales, es casi imposible que el Gobierno consiga la mayoría en una elección de constituyentes. Tendría que resignarse a ser la primera minoría. ¿Qué sucedería si, reunida la asamblea, un hipotético "grupo A", de inspiración republicana, redactara una Constitución "opositora"? Es decir, si eliminara los decretos de necesidad y urgencia, los superpoderes, el control del Ejecutivo sobre el Consejo de la Magistratura. Los candorosos apóstoles de la Presidenta tal vez la estén llevando a una encerrona. Ya le pasó al padre de todos los filósofos: distraído en la contemplación del universo, terminó atrapado dentro un pozo.