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La independencia obsesiva de Cataluña

Expectativa universal para las elecciones del 27/S.

Sobre La Diada y los aprietes

La última «Diada» -Día de Cataluña, 11 de septiembre-, mostró su fuerza inapelable por la Avenida Meridiana. En Barcelona, donde un millón y medio de catalanes se movilizaron por la obsesión de la independencia.
Por la voluntad mayoritaria de emanciparse del Reino de España.

Los legalistas constitucionales se desgastan en aclarar que Cataluña es una posesión de España. De su pueblo, soberano en la totalidad del territorio.

Sin embargo no puede negarse el persistente entusiasmo de los catalanes. Los que no se sienten españoles. Aunque mantengan los atributos de la nacionalidad española. El beneficio de ser europeos.

La reacción es lógica, e institucionalmente la encabeza el desprestigiado presidente Mariano Rajoy. Se oponen con multiplicidad de argumentos y reglamentos. Con el conjunto de aprietes memorables, explícitos. Los independentistas de la Junta por el Sí prefieren denominarlo «estrategia del miedo».

Empresarios que amenazan con marcharse si el 27 de septiembre el parlamento catalán avanza con la idea de declarar la independencia.

Linde, el Gobernador del Banco de España, amaga con la extorsión del «corralito», pero luego minimiza y hasta desmiente el exabrupto. Del mismo modo se enreda Juncker, el presidente de la Comisión Europea, entre afirmaciones y correcciones. Cuando Juncker indica que Cataluña, si le planta a España el desplante emancipador, debería salir de la Unión Europea.

Y entre los aprietes formales se anota también la banca Sabadell, o la del Santander, y hasta La Caixa. Porque los catalanes «libres», en todo caso, dejarán de tener como moneda el euro.

En la volteada, para colmo, ni siquiera se salva el Barcelona de Messi e Iniesta. Si Cataluña se libera no podrá participar del torneo español. Para reducirse al entretenimiento módico de alguna liga local.

Pero se pronuncian también los Jefes de Estado más poderosos y venerables. Mancomunados en la defensa de la integridad de España. Desde Obama o Cameron hasta la señora Merkel. En la fila solidaria aparece el presidente Santos.

El sentimiento racional de negación pudo percibirse en la efectista carta abierta a los catalanes que produjo Felipe González. Prócer del socialismo y lobbista vibrante de excepción (caro pero el mejor). Felipe envió la carta pública desde el más influyente diario El País. Fue respondida por el presidente Artur Mas, militante en quinto lugar de la Junta por el Sí, con simplezas que no tuvieron trascendencia.

La independencia obsesiva de Cataluña

En campaña, hasta hoy, Felipillo suplica a los catalanes acelerados para que se queden con España.

En el mismo tenor, los intelectuales latinoamericanos también suplican. Los que supieron radicarse en Barcelona, con o sin la suerte de ser representados por la recientemente extinta Carmen Balcells. Aunque deambularan por las oficinas de la Diagonal, o pasaran largas horas en La Oca. Disfrutaran de Las Ramblas y del Paseo de Gracia, de la Cafetería Zurich. Suscriben una manera del manifiesto: «Cataluña, no te vayas». Emociones que contienen el voluntarismo, y el sentimiento de superioridad hacia los «nacionalismos que atrasan». Fenómenos chauvinistas que el progresismo no puede tolerar.

Significa confirmar que, si prospera tanta insolencia secesionista, a «Cataluña Libre» la aguarda un destino infernal. El parangón de Albania. No será más lo que todavía hoy es.

El rigor de la suplica colectiva de ningún modo contempla el deseo reivindicativo de los catalanes. Los que se ilusionan con el romanticismo de su libertad. Se sienten tal vez injustamente sometidos. Y están, en cierto modo, saturados de saberse obligadamente españoles. Pretenden encarar su propia experiencia.
Entonces resulta imposible, en realidad, retener para siempre a aquel que se quiere ir. Aunque sean muchos los catalanes que prefieren quedarse.
Contar los votos en las autonómicas del 27/S, el próximo domingo, resuelve gran parte de la intriga.

Técnicamente no se trata de ningún plebiscito, aunque, en la práctica, lo sea.

«Buscan dar miedo, pretenden condicionar el voto. No informan, intoxican».
Insiste el presidente Mas, mientras pide el voto para avanzar en la Cataluña independiente de España. Sin que lo conmueva, en absoluto, la receta diplomática de Obama, ni la literatura prescindible de Felipe. O el favor moral de los plácidos latinoamericanos que aguardan el renacimiento definitivamente agotado del «boom».

Celebración de la derrota

Con 32.000 kilómetros cuadrados y 7,4 millones de habitantes. Con un PIB de 210.000 millones de euros, Cataluña contiene poco menos del 20% de los caudales de España.
Los partidarios por el sí se creen equiparables a próximos estados hermanos. Pares. Como Finlandia, o Dinamarca. Se sienten incluso más que Suiza. Y contemplan Luxemburgo como si se tratara apenas de un barrio menor. Consideran que tienen derecho a la independencia por su cultura, por la lengua propia (las que abundan en España).La independencia obsesiva de Cataluña Y por la perseverante voluntad de ser reconocidos como ciudadanos de un país aparte. Distan de conformarse con el «caramelo de madera» de la autonomía.

La historia brinda argumentos emotivos para sostener el sí. Y a los legalistas les sobran las razones constitucionales para sostener el no. La complejidad del entramado se discute en los medios. Por su parte, los académicos aportan la erudición de sus confusiones. Pero demuestran que Cataluña nunca fue una nación independiente.
A los efectos modestos de clarificar la crónica, basta apenas con evocar aquellas tropas borbónicas que produjeron la caída de Barcelona. Fue durante la Guerra de Sucesión de España, «La España tétrica», como la definía Balzac.

Es cuando Barcelona cae, exactamente el 11 de setiembre de 1714. Elegido, simbólicamente, como el Día Nacional. La Diada. Celebración de la derrota que millones de catalanes pretenden transformar patrióticamente en triunfo. A través del nacionalismo político, la epidemia que se arrastra desde comienzos del siglo veinte.

Las narices del criterio

Sin emociones primarias, sin inocencias programadas, el dilema local de Cataluña y su conflicto cultural con España, repercute en otras latitudes. En otras voluntades emancipadoras. Remiten a conflictos específicamente diferenciados, tratados con rigor en las cancillerías competentes. En algunas, impera la fábula selectiva de «la autodeterminación de los pueblos». O la fábula del «derecho a la injerencia».La independencia obsesiva de Cataluña Significa meter las narices del criterio entre los asuntos del otro.

De Escocia, por ejemplo, con el Reino Unido. De Quebec con Canadá.
De la contenida unidad de Bélgica, entre Valones y Flamencos. O en los conflictos comerciales de menor intensidad. Casi inmobiliarios. Como el de Córcega con Francia.
Conflictos que se dilatan entre simulaciones diversas que se postergan. O las dependencias que se aceptan sin resignación, con conveniente cinismo. En la isla de Madeira.

«Con la independencia estaríamos en el África -nos dijo alguna vez Jardim, su hombre fuerte-. Y por la ficción de pertenecer a Portugal estamos en Europa».
Claro que también el litigio nacionalista-independentista, en circunstancias brutales, suele producir estragos. Como los que se registraron oportunamente en la extinguida Yugoeslavia. O los que se contienen en el Cáucaso. O con las derivaciones pendientes entre el Tibet y la China, con la formidable capacidad comunista para la represión.
Malvinas, en cambio, es otro litigio «específicamente diferenciado». Para tratarlo aparte. Como cada uno de los citados.

Osiris Alonso D’Amomio

 

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