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Hebe y las Madres

Las Madres de Plaza de Mayo se han constituido en un símbolo universal de los derechos humanos. Nadie podría cuestionar el valor decisivo que han tenido en la tarea de abrir la demanda de justicia en nuestro país y en conservar viva la memoria de un pasado trágico como modo de evitar repetirlo. Simbolizan, sin duda, el deseo incuestionable de justicia y memoria de nuestro pueblo.

La intervención de un juez federal en la averiguación de hechos aparentemente delictivos producidos en la gestión del patrimonio de la fundación de las Madres de Plaza de Mayo que preside la Sra. Hebe de Bonafini permitirá esclarecer la existencia o no de una trama delictiva. En principio, existen indicios fundados de que los hermanos Sergio y Pablo Schoklender, gestores de la fundación, habrían utilizado empresas subcontratistas que estaban bajo su control para desviar fondos públicos que iban destinados a la construcción de viviendas populares.

Los eventuales delitos que podrían haber cometido los hermanos Schoklender no afectan en lo más mínimo el prestigio simbólico de las Madres de Plaza de Mayo. En todo caso, podrán afectar el prestigio personal de la Sra. Hebe de Bonafini, quien tendrá que dar explicaciones en relación con declaraciones algo contradictorias. Por ejemplo, resulta incoherente alegar que el desacuerdo con los hermanos se produjo porque "querían convertir la fundación en una empresa" cuando desde hace años la fundación que preside es la segunda empresa constructora del país por número de operarios.

Sobre un sumario judicial que se acaba de abrir, poco más se puede decir, a la espera del resultado de las investigaciones. Ahora bien. A la luz del escándalo público generado por el episodio, sí es posible adelantar algunas consideraciones políticas que pueden contribuir a aclarar cuestiones que aparecen confundidas en muchas de las declaraciones que se han formulado.

En primer lugar, es notorio que la Sra. Hebe de Bonafini, en su rol de dirigente de una de las ramas en que se han dividido las Madres de Plaza de Mayo, es responsable de algunos desatinos cometidos a lo largo de su prolongada actuación. El más reciente es considerar una "simple pelotudez" las acusaciones sobre desviación de fondos de la fundación, dado que en su carácter de presidenta venía legalmente obligada a formular una denuncia bajo riesgo de incurrir en un eventual encubrimiento. Sus habituales incursiones en el uso de insultos y otros exabruptos –que van en desmedro de la institución que preside– no son, sin embargo, con todo lo que ello significa, su mayor desprolijidad.

El mayor daño que la Sra. Hebe de Bonafini ha podido causar al valor simbólico de las Madres de Plaza de Mayo es haber ejercido una presidencia políticamente sectaria, alejada de la imparcialidad a la que venía obligada como representante de un colectivo ideológicamente plural. Los desaparecidos por la dictadura militar formaban parte de un enorme espectro ideológico integrado por jóvenes de la más variada extracción política e ideológica. De modo que el respeto elemental por la memoria de todos, sin exclusiones, obligaba a quienes asumían su representación a no convertirse en representantes de una parcialidad.

Cuando la Sra. Hebe de Bonafini, en foros internacionales, se ha pronunciado a favor de grupos que practican la violencia y utilizan métodos terroristas, como ETA en España o las FARC en Colombia, o ha saludado con inocultable alegría los atentados en Nueva York, se ha aprovechado de un escenario público que se le brindaba como madre para lanzar un discurso político personal muy alejado de la opinión del conjunto que representaba.

La parcialidad política e ideológica de la Sra. Hebe de Bonafini –que dividió en su momento a las Madres de la Plaza de Mayo y llevó a la aparición de la Línea Fundadora– se agudizó durante los mandatos presidenciales del matrimonio Kirchner. Al recibir cuantiosos fondos públicos, destinados a los diversos emprendimientos empresariales de la fundación, y aparecer en actos públicos acompañando a la presidenta, la Sra. Hebe de Bonafini ha contribuido, como la que más, a reducir su rol emblemático de madre de Plaza de Mayo trocándolo por el más polémico de operadora política del kirchnerismo. De estas actuaciones políticas sólo suya es la responsabilidad.

Naturalmente, al desempeñar ese nuevo rol político, los defensores de la causa gubernamental han cerrado filas alrededor de la Sra. de Bonafini. En la interpretación de los columnistas de "Página/12" ("Contra las Madres"), "resulta evidente que detrás de esa denuncia se ha montado una campaña mediática que en algunos casos busca golpear al gobierno en plena campaña electoral y, en otros, trata de esmerilar la imagen de las Madres y de los organismos de derechos humanos". Nada más falso. El daño al símbolo universal de los derechos humanos lo provocó, con su azarosa trayectoria, la Sra. de Bonafini. Pero sería profundizar ese daño no saber separar ahora el símbolo del avatar de una persona, que deberá hacerse cargo de sus particulares e intransferibles errores.

Cuando determinadas organizaciones se convierten en símbolos, alcanzan tal dimensión que necesariamente se desprenden de narrativas individuales y protagonismos personales. De allí que los errores personales de algunas de estas madres no afectan al símbolo, del mismo modo que el símbolo no puede utilizarse para encubrir comportamientos personales inadecuados. En una democracia todas las personas son iguales ante la ley y nuestra Constitución no admite prerrogativas de sangre ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza.