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El síndrome Das Neves

*Por Alejandro Horowicz. La necesidad de recomponer lazos tras la destrucción del grupo A, los forjados en derredor de la batalla campera de 2008 y luego trasladados infructuosamente al Congreso tras las elecciones de 2009, conforma el único norte de la oposición actual.

El síndrome Das Neves repotencia la crisis de dirección del arco de partidos anti K. El desesperado esfuerzo por reconstruir un sistema de oposición parlamentaria mediante un documento público, "El deber de cuidar la democracia", constituye el piso del intento de generar un nuevo reagrupamiento político. La necesidad de recomponer lazos tras la destrucción del Grupo A, los forjados en derredor de la batalla campera de 2008 y luego trasladados infructuosamente al Congreso tras las elecciones de 2009, conforma el único norte de la oposición actual.

Vamos más despacio: ¿Qué es el síndrome Das Neves?

Una tendencia relativamente constante de la política nacional era la ventaja de todo oficialismo constituido frente a cualquier oposición por constituir. El caballo del comisario tenía mucha más chance, y esa tendencia electoral pudo auscultarse desde 1983, pero en las últimas elecciones en Catamarca y Chubut la cosa vira. El oficialismo pierde, al menos en su versión anti K, y ese es el síndrome Das Neves: un "oficialismo exitoso" incapaz de retener poder, de enfrentar en las urnas al Frente para la Victoria. Entonces, la crisis de dirección se vuelve a profundizar, el miedo a una derrota electoral y política sin atenuantes a manos de Cristina Fernández desmoraliza al arco opositor.

Repasemos la tendencia. El alfonsinismo hegemonizó todo el discurso político realmente existente, y el PJ no tuvo más remedio que aggiornarse tras la impensada derrota del ’83: entonces, la "Renovación Peronista". Carlos Menem sintetizó la nueva tendencia –después de todo fue un renovador de la primera hora– y el mismo proceso lo sufrió a posteriori la UCR: de allí surgió la Constituyente del ’94, el acuerdo entre Raúl Alfonsín y Menem, y también de allí el menemismo blanco, es decir, el frente que encabezó Fernando de la Rúa en las elecciones del ’99, y la Convertibilidad sin ladrones terminó transformándose en ladrones sin Convertibilidad.

El estallido de 2001 puso todo patas para arriba. En las elecciones de 2003, Néstor Kirchner inaugura la segunda versión de la misma tendencia: un nuevo oficialismo capaz de vencer en todas las batallas electorales. La batalla campera quebró la tendencia, y las elecciones de 2009 no sólo significaron la derrota del gobierno, sino la apertura de un debate clausurado en 1975 a sangre y fuego: a saber, la posibilidad de un nuevo proyecto para el nuevo ciclo histórico de larga duración. El arco anti K estaba de parabienes, se trataba de restablecer la Convertibilidad a 4 pesos, y lo demás, todo lo demás, eran pescaditos de colores.

La contraofensiva del gobierno funcionó. Ley de Medios, Asignación Universal por Hijo, matrimonio igualitario, y una persistente tendencia hacia el incremento del consumo popular marcaron la nueva tónica. El retroceso de la oposición comenzó a verificarse en las batallas de 2010 –renuncia del presidente del Banco Central, nombramiento de una nueva conducción– pero sobre todo en el cambio de las relaciones entre la ciudadanía y el gobierno. Tanto durante las fiestas del Bicentenario como en las exequias del ex presidente Néstor Kirchner, el cambio de calidad en el vínculo se hizo patente, incluso para observadores como Felipe Solá.

En ese momento no pocos opositores incandescentes perdieron el principio de realidad, y la doctora Elisa Carrió sostuvo que el sentido homenaje popular durante el velatorio en la Casa Rosada había sido una puesta en escena de Fuerza Bruta. Una peligrosa raya entonces fue traspasada, y Carrió sintió en boca de Mirtha Legrand que ni siquiera en televisión se puede decir cualquier cosa. La soledad, con su séquito de malas ideas, irrumpió en las mermadas filas opositoras, mientras miles de jóvenes ingresaban a la lucha política bajo las banderas del peronismo K.

Ante esta situación los mismos de siempre suscribieron un documento donde el artículo 36 de la Constitución Nacional –que transforma en infames traidores a la patria a quienes atentaran contra la Carta Magna– debiera cumplir conformar, constituir, organizar dos campos: los defensores de la ley y el orden, contra la pandilla del caos chavista. En rigor de verdad, el colectivo conservador sufrió mermas desde el vamos. El GEN de Margarita Stolbizer, Proyecto Sur de Pino Solanas y los socialistas de Santa Fe se negaron a suscribirlo. Hecho que deja a Ricardo Alfonsín en una situación no del todo cómoda, ya que ninguna vertiente del denominado progresismo lo acompañó en tan conservadora dirección. En rigor de verdad, se trata de una concesión a la interna de la UCR; después de todo la presencia de Ernesto Sanz, que firmara junto a Alfonsín, sirve para que el disputado voto antiperonista tradicional no emigre en otras direcciones. Al menos, esa es la idea rectora.

Pero lo cierto es que dos coaliciones tienden a dibujarse en el nuevo mapa político. Ambas con un grado significativo de inestabilidad sistémica. Alfonsín (desde el momento en que no tiene que librar una preinterna con Sanz es de hecho el candidato presidencial de la UCR, y todos los sectores internos actúan en consecuencia), se propone como candidato de una; y Mauricio Macri intenta ser el nombre agrupador de la otra. No se trata de movimientos imposibles, pero todavía no está dicha la última palabra. Y esa palabra puede rearticular ambas coaliciones, o desarticular a una de ellas.

El principal intento del presidenciable radical pasó y pasa por reconstruir, refundar la UCR. A nadie se le escapa que De la Rúa destruyó el radicalismo con su fallida Alianza, y que pocos creyeron en posibilidad de tamaña reconstrucción. La presencia de un sector antiperonista modelo 1945, referenciado en Sanz y Carrió, resultó un escollo complejo. Es que estos componentes pueden terminar jugando en la cancha de Macri, en caso de que octubre tenga que saldarse mediante un ballottage. En realidad esa es toda la aspiración de ambas coaliciones, llegar al ballottage, por eso intentan responsabilizar a la otra del posible fracaso.

En la tienda de Mauricio, el documento lanzado por la coalición suena a música celestial. No es para menos, todos los firmantes parecieran dispuestos a respaldarlo, si no en la primera vuelta al menos en la segunda. Por tanto, su candidatura presidencial recibió un inesperado impulso. Vale la pena precisar, el doctor Eduardo Duhalde sabe que su intentona fracasó, y que terminará apoyando al PRO. Pero esa decisión rompería el Peronismo Federal, ya que Alberto Rodríguez Saá no piensa así. Y esto está más allá del resultado de la interna. No basta que gane Duhalde para que el enroque resulte posible, y si gana Rodríguez Saá el golpe terminaría siendo irreparable. 

Ese es el punto, ambas coaliciones comparten una misma necesidad: impedir que Cristina Fernández gane en primera vuelta, y todos temen que no haya segunda vuelta, al menos las encuestas no despejan con claridad ese deseado escenario potencial. Por eso Macri redobla la apuesta: o yo o Cristina, farfulla desde la tapa de La Nación; sabe que la UCR no aceptará semejante planteo, por tanto, intenta dirigirse al electorado radical de menos de 40 años y por esa vía reducir distancia. En rigor de verdad, la audacia de Mauricio es directamente proporcional a la crisis de dirección política de la oposición, e inversamente proporcional a la capacidad PRO de organizar una fuerza nacional. Aun así, el resultado no está escrito en el cielo.