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El mundo después de Ben Laden

Con la muerte del líder de Al-Qaeda se cierra un capítulo de la historia actual lleno de irracionalidad y crueldad

Tras casi diez años de eludir la tenaz persecución norteamericana, Osama ben Laden cayó muerto en su propia ley, la de la violencia imparable y fatal, al intentar resistirse a su captura por parte de las fuerzas especiales de la Armada de los Estados Unidos, que ejecutaron una operación peligrosa con total precisión y en apenas 40 minutos.

La muerte de Osama ben Laden ha echado ahora un cerrojo sobre su presunta inmunidad. Era la cuenta pendiente más incómoda de los Estados Unidos, acaso por haberse visto a sí mismos vulnerables en su territorio, por primera vez en la historia, desde aquella ominosa fecha de la cual se cumplirá este año una década. El cruento fin, con el líder de Al-Qaeda abatido a tiros en el norte de Paquistán, a 80 kilómetros de su capital, Islamabad, resultó ser el desenlace de esa operación fríamente calculada.

No cayó un mártir, sino un asesino cuyo nombre estuvo asociado desde fines de la década del noventa con los peores atentados terroristas en la historia contemporánea. Le debe el mundo a Ben Laden haber ganado miedo y haber perdido libertad. La vida cotidiana en todas las latitudes ha cambiado mucho desde la voladura de las Torres Gemelas, los atentados de Atocha y las bombas en el transporte público de Londres, entre otras atrocidades.

Está muerto ahora aquel que, en su desquicio, quiso imponerle a la humanidad algo tan demencial como un califato musulmán, con restricciones y penas para quienes no aceptaran esas arcaicas imposiciones de hombres severos y mujeres sometidas bajo la interpretación amañada y maliciosa de la religión. Esa figura marginal, temida por sus propios adeptos, negaba con su prédica bestial el atisbo de libertad y pluralismo que expresan en estos días sus hermanos de raza, los árabes, en el norte de Africa, hartos de regímenes y monarquías cuya sordera ideológica es aún peor que la biológica frente a los reclamos de jóvenes desencantados por falta de oportunidades, empleo y certidumbres.

Si ellos mismos exigen un cambio y maldicen el despotismo, ¿en qué sociedad puede tener cabida el odio patológico hacia los Estados Unidos en particular y Occidente en general que procura infundir el régimen talibán, nido de Al-Qaeda? No era Ben Laden, converso después de haber combatido contra las tropas soviéticas en Afganistán, un emblema del orgullo árabe ni de la ira que últimamente expresan cada viernes los pueblos doblegados por autoridades despóticas, represivas y corruptas. Quiso hacer suya la causa palestina contra Israel y resultó ser Yasser Arafat el primero en acusarlo de farsante.

Es insultante que el máximo líder de Hamas en la siempre convulsionada Franja de Gaza, Ismail Haniyeh, tenga el desparpajo de honrarlo como a un "santo guerrero árabe" y, con esa absurda premisa, prometa venganza "por la opresión y el derramamiento de sangre árabe y musulmana". La amenaza de una eventual venganza por la muerte de Ben Laden late desde el momento mismo en que Barack Obama confirmó su muerte. Entre los árabes más retrógrados, enrolados en el régimen talibán, el shahadat (martirio) de un líder como Ben Laden se salda con la jihad (guerra santa), entablada por los mujahidines (guerreros). Esa radicalización es tan previsible hoy como una posible escisión de un movimiento de por sí descentralizado, Al-Qaeda, en el cual su nefasto sello nunca implicó la intervención directa de sus cabecillas. Es el riesgo que tiene el éxito de una operación de este tipo, largamente esperada por el pueblo norteamericano en memoria de aquellos que perecieron en ese remanso ahora llamado Zona Cero.

Lo preocupante es que Hamas, después de haberse acercado a Al-Fatah, la otra fracción palestina, continúe con su radicalización, bendecida por Irán, secundada por Siria (en medio de una revuelta contra Bashar Al-Assad que ha dejado un tendal de muertos y heridos) y apoyada desde El Líbano por el partido-milicia Hezbollah. Es preocupante también el interés de Obama en las propuestas de conversaciones de paz en Afganistán con los talibanes, auspiciadas por el primer ministro británico, David Cameron.

Todo puede quedar momentáneamente en el limbo o, en el mejor de los casos, continuar sin reparar demasiado en la muerte inevitable de Ben Laden. Nadie puede ver con simpatía un asesinato, aunque sea el suyo, ni festejarlo como los norteamericanos que, al enterarse, inundaron las calles en un horario tan desusado para ellos como la medianoche. Nadie puede apiadarse, tampoco, de aquel cuyo rasgo más saliente ha sido la crueldad.

El alivio que naturalmente supone la muerte de un delincuente de esta talla no debe debilitar el estado de alerta respecto de lo que pueden ahora intentar sus secuaces. Nuestro país, que ya ha sido víctima de devastadores ataques por parte del terrorismo internacional, debe obviamente reforzar su alerta en previsión de posibles atentados. La sociedad argentina puede, así, solidarizarse con la norteamericana en un momento tan particular como éste.