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El lado B de la infancia: cuando para sobrevivir es mejor estar lejos de mamá y papá

¿Cómo vivís hoy, desde la perspectiva de adulta, ese primer día en el que un NNyA ingresa al hogar?-  Hay algunos que te dicen que están mejor en el hogar y  hay chicos que con lágrimas en los ojos preguntan por qué mi mamá no me quiere, o por qué mi mamá no me cuidó.


Cerrá los ojos un momento. Entiendo que si me hacés caso no vas a poder seguir leyendo, pero la idea es guiarte hacia la vida que tienen los casi 10.000 niños y niñas que viven separados de sus familias, en hogares convivenciales de la Argentina.

Pensate en un edad de 3 a 17 años. Ahora imaginate que de un momento a otro la vida te empuja, te hace caer y cuando te levantas, toda tu realidad cambia. Sos una niña o un niño  que su mundo aún es la familia y aunque también están empezando a serlo los amigos, la escuela y sus centros de referencia, dependés emocionalmente de los adultos más cercanos no importa cuán caro te salga eso.

De pronto toda la escena se sacude como si rugiera la tierra y de un momento a otro, por razones que tu nivel de desarrollo evolutivo, no puede siquiera animarse a comprender, las estructuras que sostienen tu cotidianeidad caen y se destruyen en mil pedazos. Como podés,  te incorporás y cuando podes agarrarte de algo, es la baranda de entrada a una casa que no es la tuya, en la que vive gente extraña, adultos ajenos, niños desconocidos. Allí no vive ni tu mamá, ni tu papá y no importa cuán duro haya sido el vínculo con ellos, son tu familia y de un día para otro ya no están.
Abrí los ojos.

Estás en un hogar y no es el de Chiquititas.

Proponerse investigar las diferentes realidades de la infancia, implica meterse en el barro de los dolores más desgarradores pero con el claro y honesto  objetivo de hacer algo para transformar ese horror en algo un poco más habitable.
Después de casi 10 años de trabajar con niñas, niños y adolescentes (NNyA) en diferentes contextos, me propuse honrar el deseo de una adolescente alojada en un Hogar de niñas del barrio de Villa Ortuzar, que en una conversación en confianza me dijo con toda su sensibilidad, que “Debería naturalizarse la existencia de niñas y niños en hogares porque la gente no sabe mucho sobre el tema  y cuando los ven, no saben cómo tratarlos”

Ellos son los primeros que muchas veces sienten esa mirada distinta, a veces de miedo, otras de lamento, por no vivir una infancia “normal” Y aunque hoy en día cada vez se utilice menos el concepto de normalidad, para establecer parámetros, a veces el estereotipo de lo que debería ser la infancia para constituirse como tal, está asociado a algo que en el inconsciente colectivo dista mucho de las realidades de los NNyA en  hogares. Pero ¿Cuán cierto es esto?

En la historia del mundo, los niños y niñas fueron víctimas de todo espectro de abusos, y esto se dió por ser una población en una verdadera situación de indefensión frente a situaciones que quizá afrontadas en otro momento de la vida, seguramente podrían ser resueltas con un grado menor de daños, tanto físicos como psíquicos y que por lo tanto deja un apreciable margen para ser visto como sujeto "fácilmente" abusable. Además, la legislación hasta décadas recientes no reconocía a la infancia como un colectivo al que le correspondiera derechos. 

Por su parte, los hogares de NNyA, tampoco fueron  siempre, lo que son hoy. Nacieron como orfanatos, institutos, casonas con enormes salas en las que se agrupaban las poblaciones por edades cuyo cierre se dio por no resultar adecuadas para albergar niños, ya que la convivencia de 30, 40 chicos por sala no auguraba un ambiente familiar como el que se quería.

Así, el devenir de la historia y la evolución en la conquista de derechos, no solo modificó la estructura de las propias instituciones, sino que caló hondo para visibilizar a los NNyA de una manera distinta. 

El “orfanato” entendido como un dispositivo frío y depósito de huérfanos pasó a llamarse hogar y a funcionar como tal, para darle un marco más ameno al crecimiento institucional de los NNyA que por alguna razón estaban separados de sus familias. De igual forma, a los menores, que no se les decía “menores de edad” sino simplemente menores, con una connotación de “valer menos que” se los comenzó a diferenciar como sujetos de derechos, refiriéndose a ellos como niños, niñas y adolescentes. 

Noelia es una de las caras de este proceso, y lejos de vivirlo como espectadora, se hizo carne de esa transformación, tanto que la adoptó, la hizo cuerpo y pasó de ser una niña de hogar, a ser la directora de uno.

Cuando le pregunto a qué edad ingresó a un hogar, ella no tarda en hacer la diferencia entre instituto y hogar. 

Nacida en Formosa y con tan solo dos años ingresó a un instituto, esas casonas enormes, con grandes salas. Cuenta que fue una necesidad de su madre, quien tras conocer que su padre tenía una familia paralela, decidió agarrar unos cuantos bolsos y viajar hacia Buenos Aires con ella y su hermana mayor para rehacer su vida.

“Eran los años 80 y se acostumbraba a trabajar cama adentro” cuenta, por lo que su mamá debió encontrar un lugar para dejar a ella y a su hermana durante toda la semana. Fue ahí cuando los patrones de la casa, le comentaron que existían esta clase de dispositivos.

“Me acuerdo que tenían cunitas de fierro y que había hasta 10 chicos por sala. En las habitaciones de los más grandes, cabían hasta 40 juntos. ahí te acostaban a la noche y al otro día te venían a buscar para hacer diferentes actividades durante el día: jugar, comer, dormir la siesta”

Su madre lo veía como un colegio pupilo y con el tiempo comprendió que al estar allí, la tutela le pertenecía a lo que por entonces se llamaba Minoridad y Familia.
A fines de la década, comenzaron a implementarse los pequeños hogares, que en sus inicios, eran matrimonios que se ponían al frente de casas en las que se alojaba determinada población: niños, adolescentes, bebés.

“Mi hermana, yo y otras chicas del instituto pasamos a vivir en esa casa que estaba manejada por una asociación de iglesias evangélicas. Allí vivía el matrimonio con dos hijos y nosotras, que éramos doce”.

A diferencia de hoy, que la ley prevé que haya determinada cantidad de acompañantes en el día a día de los chicos, no solo para asistirlos, llevarlos y traerlos de diferentes lugares, sino como mirada adulta frente a posibles situaciones de abuso de poder de otros adultos, en su momento, solamente convivan con el matrimonio, sus hijos dejando entrever cierta inexperiencia por parte del Estado para abordar esta clase de problemáticas sociales.

Noelia tenía una salvedad. Algo que no todas las chicas tenían y era que su mamá la iba a buscar todos los fines de semana. “Lloviera, nevará o tronara, mi mamá nos iba a buscar a mi hermana y a mí. De hecho nos cambiaron varias veces de hogar y mi mamá igual, por más de que quedara lejísimos, sin faltar nos iba a buscar”.

A diferencia de lo que ocurre en la actualidad, muchos de los niños de hogares estaban allí porque sus familias no podían hacerse cargo económicamente o bien, por no tener con quién dejarlos mientras se trabajaba en la semana. Algo que hoy, cuenta Noelia, no ocurriría de ninguna manera ya que la normativa vigente establece prohibiciones para separar a los niños de sus padres por cuestiones económicas y que la institucionalización de un niño debe ser la última  opción a tomar.

“Muchos fines de semana había familias que iban a buscar a los chicos. En esa época no había muchos abandonos y tampoco había muchos casos de violencia porque antes eso estaba más permitido. No sonaba tanto -separar a niños de sus padres- por abusos”. Estaba permitido, eran los padres, los dueños.

“Hoy por hoy el estado responde más rápido cuando un chico necesita algo y está más presente ante los derechos no garantizados. Antes había cosas de las que no se hablaba. Hoy hay una tendencia a salir a cuidar al niño, a rescatarlo y explicarle que hay cosas que están mal, y que por más de que sea mamá y papá quienes las hagan, hay cosas que no se hacen”

¿Cuáles son los motivos de ingreso a un hogar, hoy en día?


Hay mucho ingreso por violencia, por abuso. Reingresan también por adopciones fallidas, cosas que antes no sonaban tanto.  Antes el motivo era porque la gente que no sabía cómo cuidar a sus hijos, por adicciones. Hoy es abuso, maltrato y abandono. Noelia sale totalmente del rol de ex niña de hogar, se pone firme en el lugar de Directora, se le quiebra un poco la voz, y sin quererlo decir muy fuerte, confiesa: `hoy los chicos cuando ingresan al hogar, vienen hechos pelota. En este momento hay un chico de 21 años que ingresó cuando tenía 3. ¿Qué fue lo que no se hizo para que siguiera dentro de hogar desde los 3 años?Las adopciones son muy burocráticas, muy largas. pero a veces las adopciones también fallan y te preguntas ¿qué pasa? ¿Qué falla?”

¿Qué es lo que falla?


La mayoría de las veces lo que falla es que un juez no decreta el estado de adoptabilidad cuando son chiquitos, porque son grupos de hermanos y se intenta no separarlos. Entonces por años y años buscan familias que adopten por ejemplo, cinco chicos. Y lo que termina pasando es que cuando los hermanos más grandes crecen, dicen “yo me abro, no me adopten a mí, busquen una familia para mis hermanitos. no quiero que mis hermanitos se críen toda la vida en un hogar como yo” y cuando el juez habilita esa decisión que erróneamente cae en manos de los chicos, ya es tarde 

Para Noelia las cosas fueron un poco más fáciles. Ella pudo comenzar a trabajar a los 16 años gracias a que su madre recuperó la tutela y solo dependía de Familia y Minoridad para darle un techo semanalmente. Trabajó en un local de comidas rápidas y a los 19, se juntó con el padre de su primer hijo y así pudo egresar del hogar. Si bien en aquel entonces la mayoría de edad era a los 21, con la firma de su madre pudo irse y comenzar el camino de una vida fuera de las paredes de la institucionalización.
Pero sin preverlo, ese mismo, sería el hecho que le haría dar vuelta la hoja pero solo para escribir una página completamente en blanco. Esta vez, devolviendo lo que alguna vez vivió y restaurando aquellas cosas que de ninguna manera deberían vivir los niños. Ese egreso sería el comienzo para hacer de sus días, un trabajo que tendría por objeto garantizar que la niñez siga teniendo esa inocencia que ningún NNyA debería perder.

“Cuando me fui del hogar seguí en contacto con la gente de ahí,  seguía teniendo a mis amigas. Cuando nació mi hijo mayor, yo trabajaba y como necesitaba ayuda para que alguien lo cuidara, me puse en contacto con la institución y mi hijo quedó allí en carácter de guardería. Luego el hogar empezó a mutar, cambió de asociación, comenzaron a pensar nuevos proyectos y me ofrecieron trabajar en el  nuevo hogar como operadora para acompañar a los chicos en el día a día. Estuve catorce años en un hogar de niñas y luego me ofrecieron mi puesto actual, que es la dirección del hogar de varones, donde estoy desde hace ocho años”

¿Cómo vivís hoy, desde la perspectiva de adulta, ese primer día en el que un NNyA ingresa al hogar?

La mayoría de las veces estos chicos cuando ingresan al hogar vienen con mucha institución atrás, adopciones fallidas y mucha calle. Cómo toma cada uno ese día de ingreso, depende mucho de su recorrido previo.

Hay algunos que te dicen que están mejor en el hogar, hay chicos que con lágrimas en los ojos preguntan por qué mi mamá no me quiere, o por qué mi mamá no me cuidó.

¿Qué es para vos la infancia? ¿Un hogar puede garantizar esa infancia?


Lo primero que me sale decirte, es que lo que nunca le tiene que faltar a un niño es una familia,  pero el concepto “familia” puede tomar diferentes formas. 
Los hogares intentamos que los chicos no queden excluidos de ninguna manera, garantizarles la mayor cantidad de las cosas que tendrían en su casa. Desde el hogar se los intenta preparar para la vida. Para que sean los adultos que necesitaron en su infancia y no tuvieron. Pero nada es tan sencillo. 

Si bien desde el Estado se brindan programas y capacitaciones de diversas temáticas, la pata más floja es la del post hogar. Cuando salen no tienen absolutamente nada. No tienen un sustento económico y lo que ocurre, a diferencia de lo que quizá, sucede en una familia, es que a partir de los 16/17 años, hablamos con ellos cosas que normalmente los adolescentes no suelen escuchar: impuestos, alquileres, pago de servicios. Cuando egresan se encuentran con un mundo que no conocen porque desde los hogares se trata de defender y reivindicar esa infancia que en un momento se vio truncada.

Lo que prima es la desinstitucionalización. Que los NNyA puedan tener su individualidad con sus necesidades, sus gustos personales y su propia y singular construcción de una vida adulta. Para eso el Estado y los organismos que tienen el deber de proteger los derechos de los NNyA gestionan recursos con los que se cuenta para dar subsidios habitacionales, ayudas económicas para estudiar y trabajar pero siempre se plantea desde una mirada con la que se le exige mucho más al niño que viene de hogares, de lo que sería un tránsito habitual a la adultez.

“Hay programas que los ayudan a los chicos pero se los obliga a trabajar ocho horas y además estudiar para no perder la beca. ese chico no puede vivir. ¿Cuándo vive trabajando ocho horas y estudiando el resto del tiempo?”

La conclusión es evidente. No existe una sola forma de infancia y ninguna vale más o menos, pudiendo ser vivida desde aristas y perspectivas muy diversas. 
Lo que verdaderamente es concluyente es que se debe seguir avanzando en la lucha por la conquista de más y más derechos, para que los niños y las niñas, sin importar su circunstancia familiar, social o económica, no festejen sólo el tercer domingo de cada agosto por un regalo material que se les entregue, sino que la garantía de todos sus derechos pueda celebrarse a diario.

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