DOLAR
OFICIAL $816.08
COMPRA
$875.65
VENTA
BLUE $1.18
COMPRA
$1.20
VENTA

El golazo carioca

* Fernando Cardoso. Río anotó un gol, un golazo. Y digo bien: fue la ciudad de Río de Janeiro y no sólo su gobierno, la policía o las fuerzas armadas.

Al César lo que es del César: la articulación entre el gobierno, la policía y las fuerzas armadas fue importante. Nos deja la lección de que, sin la coordinación entre los numerosos sectores involucrados en la lucha contra el crimen organizado, y sin la disposición de combatirlo, la batalla estará perdida.

Pero sin el apoyo de la sufrida población de Río, de los cariocas y los brasileños que habitan en la ciudad, y muy particularmente, sin el apoyo de la población que vive en las comunidades más afectadas por los males de la droga y la violencia del tráfico, no habría sido posible el éxito inicial.

Estuve en el monte de Santa Marta (en la zona norte de la ciudad de Río) hace poco tiempo, cuando ya estaba establecida la Unidad de la Policía Pacificadora, y pude ver que efectivamente el miedo y las restricciones de la población local habían desaparecido. La droga todavía corre por ahí, pero entre los usuarios, no en las manos de los traficantes locales.

Sé que en San Pablo y en otras regiones del país también ha habido intentos exitosos de devolverle al Estado su función primordial: el control del territorio y el monopolio del ejercicio de la violencia (siempre dentro de los marcos legales). Pero el caso de Río es simbólico porque la simbiosis entre favela y barrio, entre la ciudad y la zona presuntamente excluida, está arraigada por todas partes.

Por lo tanto, hay motivos para festejar. Hace poco tiempo, eran casi 100.000 habitantes de las comunidades cariocas los que se habían liberado, gracias a la presencia de la Policía Pacificadora, de la sujeción al terror del tráfico y a las reglas de la "justicia por mano propia" ordenadas por los jefes locales y ejecutadas por sus esbirros. Con la entrada del Estado en el Complejo del Alemán y en Villa Cruzeiro (favelas de la zona norte de Río) existe la posibilidad de incorporar más gente a las áreas restituidas a la ciudadanía.

Pero, ¿estas poblaciones serán restituidas también a la vida normal en una democracia? En este paso es donde empiezan las preguntas y preocupaciones.

Si no se restablecen las normas de la ley, sin la permanencia de la fuerza policial, si no vuelve a imperar la justicia común, si la escuela no deja de ser un local donde se trafica, si los mercados locales no están conectados con los mercados formales de la ciudad y, sobre todo, si la educación y el empleo no les devuelven las esperanzas a los "aviones" (los jóvenes obligados a servir de centinelas de los bandidos y a transportar droga para los usuarios), la victoria inicial será la de Pirro. En este caso, la guerra en algunas comunidades, debido a la fuga de los traficantes con parte de sus armas, podría desplegarse en un infierno al que estaría sometida la población de otras comunidades, ya fuera por los traficantes o por los miembros de las milicias.

No escribo esto para restarle importancia a lo que ya se consiguió. Por el contrario, es para exhortar la responsabilidad de todos nosotros, como ciudadanos, como padres y abuelos, como parte de la sociedad brasileña, por lo que acontece en Río y en casi todo el país.

Quedé muy impresionado con lo que aprendí y vi al participar en un grupo que está preparando un documental sobre drogas. Estuve en Vigário Geral, un barrio también de la zona norte, en un encuentro que organizó José Junior, coordinador ejecutivo del Grupo Cultural AfroReggae (una organización no gubernamental que ofrece actividades socio-culturales a los jóvenes habitantes de las favelas), para que yo pudiera entrevistarme con traficantes arrepentidos y con policías que participan en las guerras locales. Hablé con muchas madres de familia, mujeres en presidios, jóvenes víctimas del tráfico (y quién sabe si también parte de él).

Yo había estado en la Palestina ocupada por las fuerzas de Israel y visto las restricciones a las que está sometida la población local. Pues bien, en Río de Janeiro, las restricciones impuestas por el crimen organizado, y a veces exacerbado por la violencia policíaca -que en ocasiones se confunden- son por lo menos iguales, si no es que mayores, a las que vi en Palestina.

La falta de libertad para ir y venir que los bandidos de las diferentes facciones imponen a sus "súbditos" forzados y el miedo de la "justicia directa" vuelven a las poblaciones locales prisioneras del terror del tráfico. Y no ayuda encogerse de hombros en otras partes de Brasil y pensar que "eso es allá, en Río". No, la presencia del contrabando, del tráfico y de la violencia del crimen organizado se siente en todas partes. Y la ausencia del Estado también, por no hablar de que su presencia muchas veces es amenazadora por la corrupción de la policía y sus prácticas de violencia indiscriminada.

Si ahora en Río de Janeiro las acciones combinadas de las autoridades políticas y militares abrieron espacio para un avance importante, es preciso consolidar éste. Esto no se logrará solamente con la presencia militar, la de la Justicia y la del Estado. Este está empezando a hacer lo que le corresponde. Le toca a la sociedad complementar el trabajo liberador.

En tanto haya incremento del consumo de drogas, en tanto los usuarios sean tratados como criminales y no como dependientes químicos o propensos a eso, en tanto no sean atendidos por los sistemas de salud pública y, principalmente, en tanto la sociedad siga glamorizando la droga y aprobando su uso secreto indiscriminadamente, en vez de regularlo, será imposible eliminar el tráfico y su cohorte de violencia. La diferencia entre el costo de la droga y el precio de venta inducirá siempre a las bandas de traficantes a tejer nuevas redes de terror, violencia y lucro.

Si el Estado -inclusive, si no es que principalmente a nivel federal- no continúa actuando, controlando mejor las fronteras, exigiendo que los países vecinos proveedores de drogas cohiban el contrabando, no habrá éxito estable en el combate a las organizaciones criminales.

Por otro lado, si la sociedad no entiende que es preciso romper el tabú y vea que el enemigo puede estar en casa y no sólo en las favelas, si no se dispone a discutir las cuestiones de la despenalización y la regulación del consumo de drogas, el Estado se encontrará ante una tarea sin fin.

Aun así, sólo por liberar territorios en los que habitan cientos de miles de personas, Río de Janeiro envió una fuerte señal de esperanza a todos los brasileños.