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El año que concluye

Termina un 2010 que se caracterizó por la confrontación y por el incumplimiento de las esperanzas puestas en la oposición.

La muerte del ex presidente Néstor Kirchner, producida el 27 de octubre, fue, sin duda, el hecho de resonancia pública más relevante del año por los efectos inmediatos. Esa derivación de un suceso luctuoso expuso no sólo el lastre que siguen teniendo en la sociedad argentina los fenómenos mortuorios nacionales -constituidos desde antes de ahora en capítulos de curiosidad internacional-, sino lo que la personalidad avasallante del extinto político importaba para la marcha del gobierno de su esposa.

Con la mirada levantada, en cambio, hacia horizontes más lejanos, tal vez las aberraciones que se constataron en las últimas semanas del año, con ocupación de predios públicos y privados, muertes y violencia, resulten más determinantes aun para el futuro de los argentinos. Luego de más de siete años de prevaricación gubernamental respecto de las normas que garantizan la seguridad física y la seguridad jurídica de los gobernados, se ha instalado en la Argentina, por decirlo con adjetivación grata al oficialismo, la sensación de que el orden público es una cuestión relegada por la supremacía de intereses subalternos de oportunidad y facción.

La idea de que todos resignamos una parte de nuestros derechos y libertades en aras del interés superior puesto en la existencia de un Estado que arbitre en la pugna de otra forma inevitable entre particulares, no se entiende como es debido por el Gobierno. Tampoco comprenden aquella idea en un sentido cabal expresiones importantes de la oposición política. Esto es el prenuncio de males mayores de no corregirse con premura criterios que aquí prevalecen a contramano de lo que se enseña y practica en cualquier otra parte medianamente civilizada del mundo.

Quedan en el Gobierno reflejos instintivos, por cierto y, cuando se los observa con cuidado, se advierte la importancia de algunas de las medidas adoptadas recientemente. El desembarco de 6000 gendarmes en la provincia de Buenos Aires, inobjetable frente a la gravedad de los hechos registrados, ha significado una suerte de intervención federal en el campo de la seguridad provincial. El gobernador Scioli ha de haberse notificado de lo que eso significa. Ya se verá qué resultados producirá con el tiempo tamaña decisión del poder central.

El triunfo de la oposición en 2009 no logró que el Congreso de la Nación retomara el ejercicio pleno de sus facultades. Anduvo a media marcha. Y una de sus más osadas decisiones, la sanción del 82 por cierto de los salarios como base para las jubilaciones, se aguó en un veto del Poder Ejecutivo.

La Justicia, por su parte, actuó como dique de contención de los ataques múltiples del Gobierno a la prensa reacia a someterse a sus dictados o a sumarse al coro estimulado por cuantiosos fondos de los contribuyentes, que explican la actuación denodada de ese coro, aunque no el desvío de los fondos usados. En esa política se llegó al dislate mayúsculo de que la agencia oficial de noticias comparara a Kirchner con Jesucristo.

Pero si se quisiera mirar aún más lejos en relación con lo que ha deparado a la sociedad argentina 2010, acaso debiéramos detenernos en las implicancias de una novedad insospechable no muchos años atrás. La Argentina ha consagrado este año, por llamarlo de la forma más convencional, el matrimonio gay. Recibió sanción por el voto cruzado de legisladores de diversos bloques.

La concertación matrimonial así definida ha introducido modificaciones extraordinarias en la naturaleza legal de la antigua institución destinada a regular la unión del hombre y la mujer. Parece haber sido aquél un hecho rotundo. Un examen más atento advierte, sin embargo, que aún no se ha puesto bajo los ojos de los contemporáneos todo lo que del nuevo matrimonio podría esperarse. Subyacen en él espacios de ambigüedad que quedan, más en el campo de la ciencia y de la evolución antropológica que de las leyes, por develar. ¿Quién podría decir, acaso, que se ha destrozado el criterio de que el matrimonio ha sido instituido para la procreación, cuando la procreación misma está comenzando a hacerse desde otras maneras que las introducidas desde los días de Adán y Eva?

Ahí están, para confirmar la insurrección, el cantante Elton John y el cineasta canadiense David Furnish. A punto de cerrarse este inolvidable 2010, y al cabo de cinco años de casados, ambos han anunciado que acaban de ser padres de una criatura llamada Zachary Jackson. Y el semanario US Weekly ha informado que el niño "nació a través de una madre de alquiler". La última vuelta de tuerca sería que quienes juzguen con opinión crítica lo ocurrido sean querellados por discriminación.

¿Qué jerarquía cabría aplicar, pues, a las pasiones necrológicas de los argentinos, a los patéticos desbordes de los elementos más excluidos de la sociedad, a la conducta de siniestros punteros políticos y sus barras bravas en el Gran Buenos Aires, y a fallos que procuran conmover, contra toda lógica, las bases del derecho público, al lado de una revolución social y legal que ya se está metiendo, por incipiente que sea, con la historia y la evolución de la especie?

Adónde llegará todo esto nadie lo sabe. Pero ya estamos enterados, por denuncias de lectores, que en escuelas del país se sienten, aunque un tanto desafinados a oídos de las buenas gentes que no pretenden hacer otras cosas sustanciales en la vida que las que hacían sus padres, sus abuelos y cualquiera de los antecesores por remotos que fueren en el tiempo, los sones de aquella revolución singular. Así se nos informa que hay profesores que enseñan que el sexo no es asunto determinado por complejidades antropológicas o por la concurrencia, además, de valores culturales y ambientales, sino por un acto de la voluntad. Es decir, que según ese criterio el sexo se elige.

En este contexto, es posible afirmar que la Argentina ha tomado en 2010 posiciones de vanguardia, mediante el controvertido aliento oficial a una ola de cambios mundiales que conciernen, no sólo a valores culturales, sino al destino mismo de la especie humana. Tal vez 2010, más que cualquier otro año, ha sentado preguntas que angustian y para algunas de las cuales se carece de respuestas

Mejor dicho: hay una respuesta. Seguramente, al cabo de las marchas y contramarchas que las sociedades se han inferido a sí mismas, lo que seguirá intacto al final de todo será el instinto último de preservación de la especie. Esa conjetura no alivia los ánimos respecto de los padecimientos inmediatos que puedan sufrirse en el país y en el mundo, pero orientan sobre la forma en que terminarán resolviéndose asuntos que apabullan a unos, y que otros celebran, por constituir prendas arrancadas, una a una, del orden establecido desde antiguo.

Frente a misterios de tan vasta dimensión en la escala humana, se diría que es de modestos alcances la incógnita electoral que se abre en 2011 para los argentinos. Primero, la del 14 de agosto, con las elecciones internas abiertas para todos los partidos dispuestos a participar, dos meses después, de los comicios generales del domingo 23 de octubre. Cuando se despeje esa incógnita sabremos algo más sobre el destino inmediato de esta sociedad en la que el gasto público, dispuesto de manera unilateral por el Poder Ejecutivo, ha inundado en 2010 los mercados, como también promete hacerlo con inusitado despliegue en 2011.

La oposición debe reconocer, con hidalguía, que el Gobierno concluye con mejor imagen en la opinión pública de la que tenía al comenzar el año. El Gobierno, a su vez, deberá aceptar que el último mes la desorientación, por decir lo menos, con la que actuó ante gravísimos episodios de rebelión civil y la racha de crímenes comunes que abisman urbes y campañas, le ha retaceado una parte del apoyo que había sumado desde las horas siguientes a la muerte de Néstor Kirchner.

En medio de tales avatares, una jueza provocó estupor en los ámbitos jurídicos al fallar, en el caso del parque Indoamericano, que la ocupación de espacios públicos no es delito. Ha sido un fallo tan excéntrico como la suposición de que son creíbles las cifras del Indec -desautorizadas en 2010 por una comisión de representantes de universidades nacionales y por expertos de organismos internacionales- o que la inflación no mina la confianza nacional y extranjera en el rumbo económico y social del país.

Se abre, como decíamos, un período de reñida competencia electoral, con marzo y abril como meses conjeturables para las primeras definiciones valederas sobre lo que ha de ocurrir meses más tarde. Invoquemos, entonces, la necesidad de que por encima de los resultados el camino hacia las urnas, sea en paz y con justicia para los contendientes. Y que la batalla cívica se libre en un ámbito de concordia nacional, no como en los festejos del Bicentenario, que pasarán a la historia como los de la Argentina partida por el medio y su historia reescrita y maltratada para beneficio de un poder arrogante y efímero.