Dolarizar ahorros en un activo real: la lógica del inversor argentino que analiza Alexis Zaballa
Hay una costumbre argentina que atravesó gobiernos, planes económicos y décadas enteras: ahorrar en dólares. Frente a una moneda que pierde valor de forma crónica, el billete verde funcionó siempre como el refugio por excelencia, y esa preferencia no cambió ni en los años de mayor estabilidad. Proteger el poder adquisitivo sigue siendo, para millones de personas, la primera regla del ahorro.
Pero el dólar guardado tiene un límite: no produce. El billete en la caja de seguridad conserva valor frente a la inflación, aunque no genera renta. De ahí que, históricamente, el ahorrista argentino haya buscado un paso más: convertir esos dólares en un activo que, además de resguardar, produzca ingresos. Y en ese terreno, el ladrillo fue durante generaciones la opción predilecta.
Ese instinto tiene razón de ser. En un país donde los plazos fijos en pesos rara vez le ganaron a la inflación y donde más de una crisis se llevó ahorros bancarios, el inmueble se ganó fama de refugio confiable: algo físico, escriturado, que nadie puede licuar de un día para otro. La contracara, también sabida, es la gestión: conseguir inquilinos, cubrir expensas, sostener el mantenimiento y tolerar los períodos de vacancia.
El escenario de 2026 le agregó opciones a esa búsqueda. Tras el levantamiento del cepo para personas físicas en abril de 2025, ahorrar en dólares se volvió más simple y legal que en toda la década previa: plazos fijos en dólares que rinden entre 1% y 2,5% anual, fondos comunes de inversión en la misma moneda con retornos del 4% al 6%, y una brecha cambiaria en mínimos. El menú se amplió, pero la vieja pregunta sigue: cómo lograr que esos dólares rindan sin quedar demasiado expuestos.
En ese cruce —entre el deseo de un activo real y la búsqueda de una renta previsible— se inscribe la lectura de Israel Alexis Zaballa López, fundador de One Trade S.A. Su punto de partida es que buena parte del inversor rioplatense quiere exactamente eso: dolarizarse en algo tangible, que se pueda tocar y escriturar, y que a la vez genere un ingreso claro.
El modelo que propone su compañía apunta a ese deseo. En lugar de un plazo fijo o un fondo, el inversor compra una habitación hotelera escriturada a su nombre —un bien inmueble real— dentro de un hotel operado por Wyndham, y recibe un rendimiento del 8% anual fijado por contrato. Es, en la descripción de Zaballa, una forma de dolarizar ahorros en un activo físico y no en un instrumento puramente financiero.
La diferencia con guardar dólares es evidente: el activo produce. La diferencia con un departamento tradicional también: la operación queda delegada en una cadena internacional, y la renta no depende de conseguir inquilinos sino de un compromiso contractual. Para un perfil que valora la propiedad tangible pero no quiere administrarla, esa combinación es el centro de la propuesta.
El ticket de entrada, en torno a los 95.000 dólares por una habitación estándar, ubica la propuesta en un rango accesible para un segmento del ahorro argentino que históricamente compró departamentos de valores similares. No es una inversión pensada para grandes patrimonios, sino para el mismo perfil que ya solía dolarizarse en ladrillo, con la diferencia de que aquí la operación corre por cuenta de una cadena hotelera y la renta se fija por contrato.
Conviene, sin embargo, poner las cosas en su lugar, y el propio inversor prudente lo hace. Un activo inmobiliario no tiene la liquidez de un plazo fijo ni de un fondo: no se rescata en 24 horas. A cambio de un rendimiento mayor y de la tangibilidad, el ahorrista resigna disponibilidad inmediata y asume un horizonte largo. No es mejor ni peor que un instrumento financiero: es otra cosa, con otro perfil de riesgo y liquidez.
Ese contraste es, en rigor, el que todo ahorrista debe sopesar. Los instrumentos en dólares del mercado local ofrecen liquidez y rendimientos más modestos; un activo inmobiliario con renta contractual ofrece más renta y respaldo tangible, pero inmoviliza el capital por años. La elección depende de cuánto necesita el inversor tener el dinero a mano y de cuánto horizonte está dispuesto a comprometer.
Zaballa suele insistir, además, en que la decisión se tome con asesoramiento. Revisar el contrato, entender la estructura, consultar a un contador o un asesor financiero antes de firmar: son pasos que el propio modelo recomienda, sobre todo cuando se invierte en otro país y en un formato que no todos conocen a fondo.
Lo que no cambió, en definitiva, es el fondo de la cuestión. El argentino sigue buscando lo mismo que hace décadas: proteger su patrimonio en moneda dura y, si es posible, hacerlo rendir. Lo que cambió es la cantidad de caminos para lograrlo. Dentro de ese abanico, el modelo que analiza Alexis Zaballa ofrece una variante —activo real, renta contractual, gestión delegada— que compite no por ser la más líquida, sino por combinar tangibilidad y previsibilidad en la misma jugada.
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