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Desarmando el arbolito

El 6 desarmo el arbolito, y mientras lo haga evocaré cómo lo armé.

Por Cristina Wargon

@CWargon

No recuerdo cuándo llegó a casa este arbolito, pero es un producto made in China con cierto aire a papagayo desplumado y un toque de gallina embalsamada. Aunque la familia no se privó de las correspondientes cargadas, el "pino" permaneció inamovible año tras año, cada vez más alopécico hasta alcanzar una forma irreconocible. Cuando por fin, sí señores, ¡armé un pino moderno! O algo así, qué sé yo.

Para una persona tan atenida a las cábalas, tomar la decisión de cambiar cualquier cosa es abismarse en terribles meditaciones. Después de todo, las navidades con nuestra vieja ganilla con guirnaldas habían sido buenas (excepto las que habían sido atroces, pero de esas me olvido tan rápido que no las tomo en cuenta). ¿Y si al cambiar el arbolito nos ocurría algo espantoso? ¿Podría algún abuelo perder su dentadura en el momento cumbre del festejo y transformar la entrega de regalos en una desesperada búsqueda de dientes entre cáscaras de ananá? Bue, de hecho mi mamá los perdía cada Navidad, así que el nuevo árbol no podía empeorar demasiado la situación. Evaluadas todas las posibilidades mágicas, me decidí por el cambio y allá fui.

El difícil arte de las artesanías

Devota cual soy de todas las revistas dedicadas a mujeres, busqué con atención algo que pudiera armar con mis propias manos. Para la primera receta que encontré debía conseguir alambre blando. No llegué a entender de qué se trataba eso pero en casa guardo pedacitos de cable que adentro tienen alambre. Con denuedo y ayudada por un alicate de uñas les saqué la cascarita de plástico... para obtener un manojo de pelitos de cobre a todas luces inservible para sostener nada. El primer intento falló entre puteadas de mi esposo que jura que le hice trizas el alicate. ¡Exagerado! Para la segunda receta necesitaba telgopor... por supuesto que guardo prolijamente envases de helados "por las dudas", pero no hubo forma de hacerlo coincidir con el diseño. Fue una pena, sobre todo porque durante mucho tiempo todos respiramos copitos blancos.

 

Entre moños y papa... ¡una batata!

Lejos de rendirme ante estos tropiezos, me di de lleno a seguir investigando revistas y encontré con alborozo la receta de un arbolito de Navidad íntegramente hecho con moños. ¡Albricias! Si algo abunda en mi hogar son precisamente moños que no tiro jamás desde que tenía cinco años. Tampoco sé muy bien dónde están, así que me llevó cuatro días de búsqueda intensiva recolectarlos, pero al final, con toda la casa hecha un desastre, me senté con una pila de moños y moñitos de todo tipo y color... Pero, ¿saben ustedes en qué se transforman los moños primorosos luego de algunos años de guardados? ¿Me permiten obviarles la descripción de estas pequeñas asquerosidades? Llorando por la pérdida los tiré todos a la basura y encontré otra fórmula "muy original" de un árbol armado todo con papas de igual tamaño y color que, pinchadas entre si, culminaban en un esplendor navideño. Un resto de cordura personal y la renovada malevolencia de mi marido, que se negó terminantemente a comprar en la verdulería "papas para arbolito", dieron por terminado el proyecto.

El ficus por fin

De más está aclarar que en la casa reinaba el ánimo menos navideño que se pueda imaginar. Yo acusaba a mi marido de saboteador y amenazaba con el divorcio, mientras él sólo evocaba con insidia que por el Abasto se degüellan mujeres, mirando aviesamente mi yugular. A punto estaba de rendirme cuando, siempre de una revista, surgió la mágica solución intitulada: "¡Adorne su ficus!". Y justo dio la coincidencia que tenía uno. Alegremente traje una silla y sugerí al enano que fuera poniendo los adornos que yo le alcanzaría. Me contestó: "Ni borracho pienso quebrarme una pierna". ¿Por qué en las películas de Holywood esta escena sale tan tierna mientras en casa termina a las puteadas? Debe ser el Abasto. Lo cierto es que, cuando arribó mi sobrino Federico, allí estábamos esgrimiendo argumentos tan poco intelectuales como: "Si te quebrás me lo hacés a propósito" (mío) o "Cada año estás más loca" (él). Fede es casi tan alto como el ficus, sumamente voluntarioso, y si piensa que estoy loca, tiene la gentileza de callarse. Con su ayuda colgamos todas las pelotitas y como se veía un poco raro, lo llené de guirnaldas, hasta que quedó parecido a la momia de Tutankamón a punto de desfilar en una escola del carnaval de Río.

Es cierto que a la mínima brisa las pelotas se estrellan contra el suelo. Pero es ecológico, natural y absolutamente moderno. He dicho. Espero hayan tenido ustedes unas felices fiestas y un próspero arbolito.