Del lujo a la inversión: qué revela la apuesta inmobiliaria de los futbolistas de la Selección
Mientras el mercado inmobiliario argentino intenta dejar atrás años de parálisis, varios jugadores de la Selección están dejando una señal que vale más que una postal de lifestyle.
Lionel Messi llevó su apuesta por el real estate a otra escala: su socimi Edificio Rostower debutó en España con una valuación de 223 millones de euros. Emiliano “Dibu” Martínez, en otra dimensión, compró casa en Rumencó, Mar del Plata. Para Cristian Ricci, arquitecto y cofundador de A+R Arquitectos, no se trata de una moda sino de una lógica patrimonial muy concreta.
“Habla de algo muy claro: cuando alguien tiene acceso a todos los activos posibles, sigue eligiendo el ladrillo como lugar de anclaje.” La frase de Ricci resume un comportamiento que en la Argentina vuelve a ganar fuerza: la vivienda ya no se mira solo como consumo, sino como una forma de ordenar patrimonio. Y el propio arquitecto completa esa idea con otra definición igual de precisa: “Los jugadores de la Selección , que viven expuestos a mercados globales, monedas fuertes y asesoramiento financiero de primer nivel, no necesitan ‘apostar’ a la vivienda. Sin embargo, la eligen. ¿Por qué? Porque entienden que una casa no es solo un activo: es estabilidad, es identidad y es refugio frente a la volatilidad.”

Esa lectura baja el tema del mundo de las grandes fortunas al terreno cotidiano. “Porque el concepto de inversión no debería reducirse únicamente a renta o retorno financiero inmediato”, planteó Ricci. Y agregó: “Una casa bien pensada es una inversión en calidad de vida, pero también en preservación de valor a largo plazo.” En esa lógica, la vivienda familiar también es inversión cuando combina uso, ubicación, diseño y capacidad de sostener valor en el tiempo. Como sintetizó el arquitecto: “Cuando hay buena arquitectura, ubicación, diseño, materialidad, eficiencia, lo que se construye no es solo un espacio para vivir, sino un activo que se valoriza en el tiempo.”
Los números del mercado empiezan a darle sustento a esa mirada. BBVA Research señaló que el mercado residencial argentino consolidó su recuperación durante 2025 por el repunte de precios, el crecimiento de escrituras y el regreso del crédito hipotecario. En ese mismo informe destacó que la relación entre hipotecas y escrituras superó el 15% en 2025, el doble del promedio de los últimos cinco años y el nivel más alto desde 2018. El BCRA, además, estimó que en los últimos doce meses se incorporaron unos 43.700 nuevos deudores hipotecarios, hasta totalizar 180.800 a enero de 2026.

Ese cambio también aparece en los valores. Según Zonaprop, el precio medio de los departamentos en CABA llegó a USD 2.455 por m² en febrero de 2026, con una suba mensual de 0,2% tras tres meses de estabilidad. Al mismo tiempo, la rentabilidad bruta anual subió a 5,33% y el plazo estimado de recupero se ubicó en 18,8 años. No es una renta extraordinaria, pero sí una ecuación mucho más saludable que la de los años en que el ladrillo solo prometía refugio, sin flujo.
Ricci lo plantea así: “La principal ventaja es su capacidad de atravesar ciclos.” En un país en el que lo financiero suele quedar atrapado por la volatilidad del corto plazo, la vivienda conserva una fortaleza singular: “El ladrillo, en cambio, opera en otra lógica. Es un activo real, tangible, que no desaparece con una decisión macroeconómica.” Y sumó otro punto central para la Argentina: “Además, permite algo clave: dolarizar valor de manera indirecta. La construcción y la tierra tienden a alinearse con variables duras en el tiempo, incluso cuando el contexto es inestable.” Incluso con costos de construcción todavía exigentes —el ICC del Gran Buenos Aires subió 1,9% en febrero y 24,5% interanual—, la lógica de inversión sigue vigente para quien elige bien.
Pero el mercado también cambió en otro aspecto: ya no se trata solo de comprar metros cuadrados. “Hoy el inversor no busca solamente resguardar capital. Busca también cómo vive ese capital”, explicó Ricci. Y precisó: “Aparece una mirada más integral: calidad de vida, flexibilidad, eficiencia energética, conexión con el entorno.” Para el arquitecto, ahí es donde la arquitectura gana peso en la ecuación patrimonial: “Ya no alcanza con ‘tener metros cuadrados’. Se busca que esos metros estén bien pensados, que generen bienestar, que puedan adaptarse en el tiempo.”
Por eso Ricci insiste en separar lujo de estrategia. “Una vivienda de alta gama bien concebida no es un gasto: es una forma de consolidar patrimonio en un activo que combina uso, valor y proyección.” Y remató con una idea que resume la lógica de fondo: “El ‘lujo’, entendido superficialmente, puede ser efímero. Pero cuando el diseño está bien pensado, cuando hay criterio en la inversión, lo que se construye es algo que trasciende el momento.” La definición sirve tanto para un futbolista de elite como para cualquier inversor argentino que busque algo más que una cobertura táctica. Porque, al final, el gran diferencial del ladrillo no es solo que puede subir o rendir: es que permanece. Y, como dice el arquitecto, “En un país donde lo incierto es parte de la regla, el ladrillo ofrece algo muy valioso: la permanencia.”
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