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Cristina, Kicillof y el extraño caso del señor Valdemar

Hay una carrera contra reloj que nadie está corriendo, puesto que existe en vastos sectores del Gobierno la idea de que el mal ha sido conjurado. O en todo caso que irá tirando hasta 2015.

Nota extraída de La Nación

Por Jorge Fernández Díaz

El señor Valdemar es un enfermo grave a quien un pseudocientífico logra cristalizar, mediante una suerte de fantástica hipnosis, en el umbral de la muerte. Dormido en ese raro estado de suspensión, sin respiración ni pulso, el pálido paciente transcurre sus siete meses de gracia.

Cuando finalmente intentan despertarlo, el cuerpo comienza a degenerarse en "una masa casi líquida de odiosa y repugnante descomposición". Algunos de los principales economistas argentinos están más ocupados en leer teoría financiera que en repasar las resplandecientes páginas de Edgar Allan Poe (traducido por Cortázar). Pero cuando describen en las mesas de café la actual coyuntura aluden sin quererlo al misterioso destino de ese enfermo grave a quien cristalizaron al borde del precipicio mediante un recurso monetario del Banco Central que tuvo por objeto detener la hemorragia y ganar tiempo. Esa medicina excepcional sólo mantiene al enfermo congelado, a la espera de que los médicos encuentren rápidamente la cirugía y el tratamiento pertinentes. Pero es una carrera contra reloj que nadie está corriendo, puesto que existe en vastos sectores del Gobierno la idea de que el mal ha sido conjurado, y que incluso Valdemar tiene buen aspecto. O en todo caso que irá tirando hasta 2015, y luego se les desmoronará ruidosamente a los pobres diablos que lo hereden.

El único apurado parece ser Juan Carlos Fábrega, que al menos tiene una visión descarnada del problema. El hombre ya no sabe cómo apurar al ministro de Economía, que parece formar parte del pensamiento mágico, según el cual la hipnosis cura las enfermedades agudas. Esta semana, por ejemplo, Axel Kicillof pasó todo un día de lo más entretenido con la ley de medios, primero en la Afsca y luego haciendo un show mediático en Clarín. Mientras tanto comenzaron de nuevo las microdevaluaciones y el goteo de las reservas, y las paritarias nacionales, el enfriamiento de la economía y la inflación galopante ya amenazan con comerse el colchón generado por la devaluación: especialistas como Eduardo Levy Yeyati aseguran que "a este paso la competitividad ganada en enero se licuará en agosto". El cepo cambiario parece ilevantable, la industria lleva siete meses en caída libre, retrocedieron un 6% las exportaciones, el saldo comercial se desplomó 92%, y las únicas que celebran son las aves carroñeras del capital especulativo internacional: "Inversionistas en busca de gangas se están abalanzando hacia los bonos argentinos -relata The Wall Street Journal. No obstante, se mantienen en guardia para retirarse rápido, lo que pone de manifiesto la falta de confianza en las perspectivas a largo plazo". Goldman Sachs, para regocijo de Carta Abierta, califica el giro ideológico de Cristina Kirchner de "reconfortante". Nuestro país no se ha transformado en el paraíso de las empresas serias, pero sí en el casino de los ludópatas financieros. Vaya paradoja.

Dentro del propio gobierno nacional y popular confiesan en voz baja las necesidades de la hora: un antisalariazo (que los sueldos pierdan contra la inflación), una reducción de por lo menos un punto del PBI en el rubro subsidios (que la clase media pague el tarifazo) y la llegada de inversores (transfusión urgente para reanimar al pasmado). Es decir, un ajuste social y fiscal, aunque hecho sin convicción ni profesionalismo, a pura chapucería: más que una operación quirúrgica de alto vuelo, un lifting practicado por maquilladores de cadáveres. Combinado, eso sí, con una novedosa política de relaciones platónicas: de repente seducimos sin sexo al mismo mundo que hasta hace muy poquito injuriábamos.

Porque antes de las efusividades dedicadas esta semana por Cristina Kirchner al socialdemócrata François Hollande y de mencionar cuántos puntos culturales y políticos nos unían a Francia y a De Gaulle, el aparato propagandístico de la Jefatura de Gabinete se dedicó durante dos años a explicarnos que debíamos decirle adiós a Europa, por decadente y repugnante, y que la socialdemocracia se había convertido en una faceta ruinosa del neoliberalismo. Eran otros tiempos. El cristinismo había resuelto patearle el trasero a la seguridad jurídica e instalar un nuevo régimen democrático e institucional en la Argentina, siempre en consonancia con insólitas atribuciones autoritarias surgidas del 54% y con la idea chavista de ir por todo. Hubo un antes y un después de esta decisión: Cristina se alejaba de Chile y Brasil, y se acercaba a Ecuador y Caracas.

Las sucesivas torpezas económicas y las consecuentes palizas electorales frenaron ese inédito intento por acabar con la democracia republicana. El kirchnerismo despertó de la borrachera, descubrió que poco y nada quedaba de su modelo original y cayó en la cuenta de que estaba sentado sobre un inodoro lleno de pirañas. Reacondicionó entonces las perspectivas, se pintó los labios y salió a hacerse el simpático y a captar clientes. Los recientes hechos desgraciados de Venezuela, con su represión, sus muertos, sus convulsiones, su desorden y decadencia, los tiene muy asustados: "No podemos terminar así", se dicen. Más allá de solidaridades de compromiso y ocasión, estamos viviendo el fin de la chavización del kirchnerismo. Volvamos a Bachelet y dejemos a Maduro, y confraternicemos con el compañero Hollande, que es tan refinado, que nos puede dar una mano con el Club de París y que a lo mejor convence a algún empresario francés distraído de largar unos morlacos.

Por supuesto, la cosa no es tan sencilla. Los principales ejecutivos de las compañías ignoraron la convocatoria de Cristina en París (nos consideran incorregibles) y Mario Blejer, que tanto aprecia al Gobierno, tuvo que salir a aclarar algo: "El apoyo de Francia ante el Club no es determinante. Es necesario normalizar la relación con el Fondo". Muchos disgustos juntos para la Iglesia Cristinista de Liberación Personal, donde los levantadores de dedo se están quedando con el dedo mocho.

Es innegable que la Presidenta vive obsesionada con arreglar su salida. Y que en Santiago paladeó el regreso al poder de una colega, y también la cortesía que ésta le dispensó a Sebastián Piñera. Cristina sueña ahora con regresar y con que su inminente sucesor no le robe mercado. Que no sea peronista ni progresista, dado que esas dos opciones la vaciarían de sentido y la reducirían al olvido o la desgracia. Un hombre de la centroderecha, en cambio, podría ser funcional a sus nuevos planes: ya no es necesario tirar por la ventana a Capriles; se puede pensar en acordar una alternancia con él. Cristina piensa mucho en Mauricio Macri, con quien cada vez conversa más. Mauricio, de pronto, le parece más sincero y menos taimado que sus propios compañeros, que andan conspirando para apoderarse de su trono.

Pero se trata sólo de aspiraciones de palacio. Poco y nada puede hacer ella para bajar laperformance de Massa en las encuestas y para desunir a la coalición de centroizquierda. Sí puede dinamitar todas las causas de corrupción que acechan a sus muchachos. Y en eso anda, activa como nunca, hundiendo jueces y fiscales independientes, y protegiendo a magistrados fieles. Cuenta, como siempre, con la obediencia de los soldados de la Iglesia Cristinista de Liberación Personal y con la invalorable complicidad de sus adherentes periféricos, expertos en pegar donde no duele y en mirar para otro lado frente a la kleptocracia, Milani, las prepotencias y el inquietante estado de hipnosis del señor Valdemar.