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Crisis global: bordeando las "zonas peligrosas"

Por Marcelo Cantelmi* Mientras se advierte sobre los riesgos de otro colapso financiero que profundice la crisis iniciada en 2008, las respuestas ensayadas incrementan los temores. Si la ironía no fuera tan incómoda se podría sostener que la crisis global ha devuelto el tamaño e influencia al Estado.

Los mercados giran, finalmente, su mirada hacia los espacios de poder público, retrocediendo contritos sobre años de consignas que denostaban a los gobiernos como parte central de los problemas. La realidad por momentos parece jugar esa broma. La aluvional hemorragia en las Bolsas de todo el mundo, con la que arrancó esta semana, sólo se detuvo cuando la jefa de Gobierno alemán, Angela Merkel, bendijo la eventual recapitalización de la banca europea con fondos públicos.

Ese término es una alegoría de salvataje. La idea sencilla planteada por el FMI en su último alarmante informe de estabilidad financiera difundido en agosto pasado en Washington, es tomar dinero fiscal de los tesoros públicos o de los fondos multinacionales, como el que opera en la eurozona, y lavar con esa plata los activos tóxicos de los bancos . De ese modo quedarían a salvo de las contingencias que contribuyeron a crear ente ellas el posible quebranto de Grecia u otro de estos países golpeados. La propuesta implica una transferencia directa de los costos de la crisis al conjunto de las sociedades nacionales.

Con el agravante, además, de que no se contempla aliviar las consecuencias sociales que creó esa misma pesadilla entre quienes ahora deberían hacerse cargo de ella.

La "solución" surgió ante la percepción de que se está "nuevamente en zona peligrosa", según reconoce el propio FMI, por el riesgo inminente de otro colapso financiero que profundice la crisis iniciada en 2008. Eso es porque los bancos están tapizados de papeles de la deuda de los países en riesgo. El problema no es sólo de liquidez, en otras palabras que la plata esté, sino de solidez, o sea que el respaldo sea un bien real y no papeles mojados.

El planteo de Merkel que disparó el entusiasmo de las Bolsas, implica un enorme costo político . Desafía a los electorados que difícilmente votarían a quienes les transfieran costos que no originaron. Pero su mera formulación revela el calado de lo que se está enfrentando y no sólo en el plano financiero.

Veamos por partes. La luz roja sobre los bancos la encendió el franco-belga Dexia, una entidad de tamaño espectacular con activos equivalentes al 150% del PBI de Bélgica, pero que esta sobrecargada de papeles de deuda soberana de países problemáticos. Si bien se detuvo su abrupto camino a la quiebra, lo que escaldó las espaldas de quienes de pronto tomaron conciencia de ese abismo, es que hace apenas semanas, en julio, el Dexia había recibido la máxima puntuación y un sobresaliente en los examenes de rendimiento efectuados por las autoridades bancarias europeas.

No se trató de un error sino de una mirada intencionada . El propio FMI cuestionó la forma en que los bancos que tienen títulos de Grecia, Irlanda, Portugal, Italia, España o Bélgica, contabilizan las perdidas registradas en el 80% de las carteras de bonos públicos. De modo que no es difícil extender una mirada de sospecha a toda la estructura de la banca privada del Viejo Mundo. La calificadora Moody’s pareció confirmar esa percepción al rebajar ayer la nota a 12 bancos ingleses incluyendo el Lloyds y el Royal Bank of Scotland así como a otros 9 de Portugal.

El peor error seria entender estas malas noticias como parte sólo de un intrincado laberinto financiero.

Esta es una discusión de poder. Y su dimensión es mucho más grave de lo que se supone y relata.
Vemos sólo un ejemplo de esa deriva. En EE.UU., donde la crisis tiene la misma profundidad, comienzan a nacer vientos de guerra -por ahora comercial- evocados por una generación de políticos populistas que centrifugan las culpas del desastre propio a supuestos enemigos externos. Hay un trasfondo social para eso. El economista Jeffrey Sachs devela que entre las democracias con mayores ingresos EE.UU. lidera el ranking de desigualdad. "El 1% de quienes más ganan se llevan un cuarto de todo el ingreso nacional, una proporción que no se veía desde 1929", escribió. Eso se refleja en un alto desempleo, subocupación y en la mudanza de los sectores medios a un amplio paisaje de pobreza. "Los EE.UU. están hoy divididos sólo entre ricos y pobres", observa Sachs desolado.

Ese panorama social alimenta aquella peligrosa retórica nacionalista en Washington. Un creciente malón de legisladores derechistas impulsan una ley que castigue a China por una supuesta manipulación de su moneda, lo que sería el origen de todas las calamidades que sufre la economía norteamericana. El proyecto lo propusieron y defienden legisladores de ambos partidos de estados en los que colapsaron las industrias manufactureras como Ohio o Pennsilvania, o del sur donde desapareció el negocio textil. La desocupación no sería entonces causada por las políticas de concentración del ingreso impulsadas en EE.UU., sino por la conjura de un enemigo no tan oculto.

No sería esa, además, su única culpa. El titular de la FED (Banco Central) Ben Bernanke, en general moderado, achaca a China que al no soltar su moneda "bloquea lo que debería ser la normal recuperación de la economía global". Beijing ha tomado muy en serio esta amenaza y sostiene con acierto que el problema de la economía estadounidense se origina en su baja capacidad de ahorro y no en la paridad del yuan . En realidad lo que se esconde detrás de esta reyerta es el amplio mercado doméstico chino de más de mil millones de consumidores, a los que EE.UU. podría acceder si el tipo de cambio se invierte abaratando los productos norteamericanos y encareciendo los asiáticos.

Es un juego cínico pero muy peligroso. La retórica antichina que incorpora expresiones de un rancio anticomunismo como en épocas de la Guerra Fría, esgrime con la cuestión comercial la misma razón que detonó las guerras que atronaron a la humanidad en el siglo pasado. La decoración la completó estos días el titular del comité de Inteligencia del Senado, el republicano Mike Rogers, quien denunció como intolerable el ciberespionaje chino. Y el Pentágono, que ha venido alertando sobre el ímpetu de Beijing para el control naval de Asia y también del Pacífico , un mare nostrum que hasta no hace mucho nadie le hubiera disputado a los norteamericanos.