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Argumentos desde el cinismo

En Europa, los medios de comunicación que pertenecen al Estado se ajustan en general al "modelo de la BBC", es decir uno donde prima la imparcialidad, la objetividad y la profesionalidad de los periodistas.

En Europa, los medios de comunicación que pertenecen al Estado se ajustan en general al "modelo de la BBC", es decir uno donde prima la imparcialidad, la objetividad y la profesionalidad de los periodistas. De allí que cuando desde el programa "6, 7 y 8" Gabriel Mariotto asegura que "no existe en el mundo una política más pluralista que la que se lleva desde la Autoridad Federal de Servicios Audiovisuales", cuesta pensar si sus palabras son obra de la ignorancia o de un cinismo abrumador. El uso partidista de los medios públicos en la Argentina es una práctica que todavía sobrevive en algunos gobiernos del África o en las dictaduras del Asia Menor y en algunas repúblicas sudamericanas pero, desde luego, no es nada de lo que alguien pueda vanagloriarse.

El eslogan de Radio Nacional de España –para dar un ejemplo– es "profesionalidad y rigor para estar bien informados desde la radio pública", y los radiooyentes españoles saben que eso es verdad. Se han acostumbrado a escuchar programas que se prodigan en brindar una información veraz, completa, objetiva, donde se escucha la voz de todos los grupos políticos y sociales.

Dos son las causas que ayudan a que los medios estatales tengan en España ese perfil. La "autoridad de aplicación" está conformada por personas imparciales, designadas en base de amplios consensos parlamentarios –algo que nuestra ley de medios no contempla– y existen pautas culturales incorporadas en la sociedad que no tolerarían la parcialidad de los medios públicos que era tan habitual en el período del franquismo.

Hasta el presente, el argumento que pretendía justificar la evidente parcialidad de los medios públicos argentinos consistía en la necesidad de equilibrar una información que –se afirmaba– los medios privados sesgaban a favor de los intereses de los "monopolios" mediáticos. Es un argumento que en la retórica convencional se denomina "argumento de reciprocidad", por el cual se justifica aplicar el mismo tratamiento a dos situaciones que forman pareja. Su traducción en palabras sería: "Si los medios privados mienten en una dirección, los medios públicos pueden mentir en la dirección contraria". Se complementa con la tesis leninista de que en la lucha de clases la neutralidad no es posible.

El "argumento de reciprocidad" se utiliza en una variedad de campos. Por ejemplo, para justificar el uso clientelar de los recursos públicos. Como nadie puede negar la envergadura que tienen estas desviaciones de poder, se acude al argumento de que "todos lo han hecho". Si ésta ha sido una práctica generalizada de todos los gobiernos anteriores, ¿cómo privar al presente –que además es "nacional y popular"– de una herramienta tan útil para construir poder?

En materia de corrupción de funcionarios públicos, el argumento tiene similar estructura. La corrupción es un fenómeno tan extendido, que inclusive afecta a un gobierno modélico como el del Brasil, afirma un columnista de "Página 12". De modo que no habría motivo para la alarma. En la época de Menem se había popularizado una disculpa parecida: "Roban pero hacen".

El problema de aceptar este tipo de argumentos es que contribuyen a la extensión de estas prácticas. Como las demandas que las impugnan son atribuidas a las voces interesadas de los adversarios, se extiende la idea de que atenderlas es hacerle el juego a la oposición. Pero cuando el poder renuncia a los mecanismos de autodepuración o los enerva, el resultado lógico es la expansión de las malas prácticas. Perón, que algo sabía de todo esto, advertía que las instituciones, como el pescado, comienzan a pudrirse por la cabeza.

Un ejemplo notorio de lo que decimos es el último escándalo protagonizado por la Fundación de las Madres de la Plaza de Mayo. Que al amparo de una fundación de tan desgarradores orígenes pueda haberse instalado un sistema de subcontratación para desviar fondos, similar al que ha dotado de incalculable fortuna al secretario del gremio de camioneros, es sumamente revelador.

Cuando la señora Hebe de Bonafini subía a los aviones de la empresa Meldorek SA atribuida a Sergio Schoklender para hacer su peculiar proselitismo, en realidad no hacía nada demasiado diferente del uso de los helicópteros presidenciales para trasladarse a los actos partidarios que hacía Néstor Kirchner. El uso de medios y recursos públicos para la actividad partidista está tan arraigado en nuestra cultura, que nadie le asigna importancia. Luego el paso que media hacia el peculado es muy corto. Según la atinada observación de James Wilson, el drama del poder es que pone a personas ordinarias frente a tentaciones extraordinarias.