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Alfonsín y Macri, o cómo hacer para salvar a la oposición

*Por Carlos Pagni.Para muchísimos observadores, argentinos y extranjeros, el Gobierno es una calamidad. Aun así, en términos de densidad conceptual y capacidad organizativa, la oposición es peor.

Sus protagonistas se ponen la soga al cuello con reglas de juego fijadas por ellos mismos; cualquier caudillejo se postula para la presidencia de la República; las alianzas duran lo que la luz de un fósforo, sin que alguien explique los motivos de la ruptura ni de la reconciliación. Teatro del absurdo.

Sería una ingenuidad atribuir esos desatinos a la impericia o la mala fe. En realidad, los adversarios del Gobierno carecen del instrumental necesario para alcanzar sus objetivos. Las peripecias individuales, tan llamativas en su patetismo, distraen del problema central: la dificultad para formular un proyecto de poder sin antes haber reconstruido el entramado político capaz de sostenerlo. Mauricio Macri, Ricardo Alfonsín, Francisco de Narváez, Alberto Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Ernesto Sanz, Elisa Carrió, Felipe Solá, Pino Solanas y Margarita Stolbizer levantan sus pequeños castillos de arena sobre los escombros de un orden que se derrumbó en el año 2001. Intentan reemplazar con martingalas electorales la falta de estructuración y la indigencia programática que corroe sus empeños. La persistencia de esas ruinas es su principal debilidad.

La persistencia de esas ruinas es, y ha sido, la razón última de la supervivencia kirchnerista.

Hace ya una década que el sistema de partidos quedó pulverizado. La diáspora de la UCR, en vez de revertirse, se profundizó: Carrió, Ricardo López Murphy, Stolbizer (GEN), el radicalismo K son fragmentos de un mosaico que nadie logró restaurar. El peronismo tampoco se mantuvo unificado. Si el sector que lidera Cristina Kirchner parece homogéneo, es porque la administración y sus recursos le sirven de esqueleto. Este es el signo de la época: la demora en reorganizar el aparato político dotó al Estado -que en la Argentina es el Gobierno- de un poder desequilibrante. Néstor Kirchner en 2003 y su esposa en 2007 fueron productos del sector público. La Presidenta se ha propuesto reforzar esa ventaja negando a sus competidores el derecho a contratar publicidad, mientras ella abusa de la cadena nacional y se divulga en los intervalos del fútbol. ¿Estará tan insegura de su triunfo?

Una incógnita crucial de los próximos meses es, entonces, si existe un sujeto electoral con la organización y el encanto suficientes como para seducir a los votantes y, además, derrotar al Estado.

El interrogante interpela antes que nada al radicalismo. La crisis opositora es, por varias razones, la crisis radical. En principio, el colapso de ese partido privó a las capas medias de un instrumento histórico de intervención en la política. Esa representación sufrió una fragmentación territorial: en Rosario la asumió el socialismo de Hermes Binner; en Córdoba, el Partido Nuevo de Luis Juez; en la ciudad de Buenos Aires, el Pro de Macri y la Coalición Cívica de Carrió. El peronismo gobernante no dispone, entonces, de un adversario nacional. Salvo que la UCR actúe como coordinadora de esas expresiones regionales, aceptando adhesiones a su fórmula presidencial. En el caso de Juez y el socialismo no habría inconvenientes. Ellos carecen de proyección más allá de sus provincias. El problema es la relación con el macrismo. Ese vínculo es el nudo electoral del país en estas horas.

El radicalismo debe su relevancia a que es el único puente entre dos mundos inconexos: el de la centroizquierda de Binner, Rubén Giustiniani y Stolbizer, y el de la centroderecha de Macri. La relación entre esas dos orillas depende hoy de la interna radical.

Ernesto Sanz y Julio Cobos pretendían ser el eje de una coalición tan amplia como la que encabeza Cristina Kirchner, que cubriera desde el GEN hasta el Pro. Esa tesis perdió operatividad desde que Ricardo Alfonsín se perfiló como el candidato definitivo de la UCR -Sanz desistirá de su postulación en pocos días-. En Alfonsín pugnan dos fuerzas. Una, las llamativas ganas de ganar. Desde que murió Néstor Kirchner, es difícil encontrar un candidato tan entusiasmado en la persecución del poder. La otra es la conservación del legado de su padre, en su brumosa orientación de centroizquierda. Para él esa herencia es más valiosa que la derrota del kirchnerismo. Y encontró en el veto a Macri una cómoda prueba de que no la ha traicionado. Transfigurada, la vieja tirria entre radicales y conservadores restringe el acuerdo opositor.

Alfonsín tiene un sueño: que ese acuerdo sea sustituido por la mecánica vacua de las tácticas electorales. Alfonsín desea que Macri y "Pino" Solanas se entreveren en su pelea porteña y desistan de la candidatura presidencial. Imagina una secuencia en la que Solanas se postula para la jefatura de gobierno y, de ese modo, obliga a Macri a defender su plaza buscando la reelección. Sigue soñando Alfonsín: la municipalización de "Pino" condena a Stolbizer a aceptar la fórmula radical y, así, facilita el acuerdo con De Narváez en la provincia. La necesidad de Alfonsín de contar allí con un candidato competitivo despoja a De Narváez de cualquier inconveniente rasgo "de derecha".

De Narváez es más directo. Explica que sometió su combinación con Alfonsín al papel de tornasol de las encuestas y le dio bien. Ahora se dispone a cambiar de novia: reemplazaría al duhaldismo por el radicalismo. Eso sí: De Narváez está confiado en que los radicales disuadan a Stolbizer de postularse para la gobernación desde una colectora. Stolbizer es su Sabbatella. Despejada esa dificultad, a De Narváez sólo le queda que Macri descienda a la arena porteña.

Conclusión: Alfonsín va detrás de una prodigiosa carambola a tres bandas, para consolidar su alianza hacia la izquierda, conseguir un candidato bonaerense y monopolizar el voto opositor a la presidencia deshaciéndose de Macri.

El obstáculo de esta estrategia sigue siendo Macri. Representantes de ambos candidatos iniciaron conversaciones la semana pasada. El delegado de Alfonsín es Raúl Borras. Por Pro habla Federico Pinedo. Que radicales y macristas estén dialogando es otra mala noticia para Duhalde, que aspiraba a mediar entre ellos.

Macri deshoja la margarita de su futuro a la vista de todos. Su amigo y financista Nicolás Caputo quiere que reelija -hay empresarios que no se explican que Caputo no tenga dinero para la campaña, como alega-; lo mismo aconseja el binguero Daniel Angelici, otro tesorero, al que le caben las generales de la ley: es radical.

Además de la desagradable mención del dinero -sus fundraisers calculan $ 100 millones para las campañas nacional, bonaerense y municipal-, Macri está a la espera de tres condiciones para ir por la presidencia. Querría proclamar a su vice -a Carlos Reutemann lo mencionan, sobre todo, sus familiares-; insiste en cerrar el acuerdo con De Narváez -"coquetea con todo el mundo, pero sabe que somos su única opción", apuesta Macri-, y busca rearmar un frente después del desmoronamiento del duhaldismo. La alternativa a este plan es el pacto con Alfonsín, enmascarado en su promesa: "Yo había dicho que, si aparecía una opción superadora, bajaba mi candidatura".

Las tratativas recién se iniciaron, pero el problema está a la vista. Macri debe velar por su partido. El alfonsinismo está dispuesto a ofrecerle lugares en su eventual gobierno, pero ¿de qué fórmula colgarían los candidatos de Pro al Congreso si su líder desiste de la candidatura presidencial y el radicalismo no acepta la adhesión a su boleta? En rigor, Macri pretende reanudar con Alfonsín sus conversaciones con Sanz. Eso exigiría, en vez de armar un rompecabezas territorial, pensar una coalición. Sin un acuerdo, Macri dice verse obligado a postularse para la Nación. Macri presiona. Se cree con derecho. Sigue siendo la segunda figura del país. Es más que un detalle.