DOLAR
OFICIAL $816.08
COMPRA
$875.65
VENTA
BLUE $1.18
COMPRA
$1.20
VENTA

Tiempo de catedrales

Desde épocas inmemoriales los hombres han experimentado la necesidad de construir objetos diversos para materializar la veneración que sienten por algo que los trasciende.

Creencia numinosa en los primitivos, religiosidad progresivamente estructurada en los tiempos históricos, todos los pueblos se han visto compelidos a objetivar en cosas materiales creencias nacidas de sentires que, de otro modo, habrían permanecido como confusos estados de conciencia individuales y colectivos.

Lo peculiar de esa actitud veneranda hacia númenes, dioses, o por el dios único, pareciera consistir en no agotarse como mera relación personal entre el creyente y la potencia que lo trasciende. Requiere esencialmente de la coactuación en una común experiencia de culto. Religión y religar son palabras con una misma raíz que significa reunir. Reunir personas para, en común, rendir culto a la divinidad, generalmente en el templo.

Pregunta: ¿Practicar culto solamente con liturgias realizables en el templo? ¿Empezar, continuar o terminar un templo, no cabe acaso considerarlas actividades de culto eminentemente participativas? En un doble sentido: por una parte de los que encomiendan, proyectan, dirigen y realizan su construcción; por otra parte de todos los lugareños, creyentes de cualquier religión y no creyentes. Todos han vivido a diario la emocionante y cercana experiencia de una auténtica elevación operando de dos maneras: una material, la del crecimiento estructural del templo, la otra de carácter eminentemente espiritual, por tratarse, quiérase o no, de una apuesta a la trascendencia. Diríase que todos se sienten co-constructores de una obra que por sus características está despojada de todo propósito utilitario, subsistente más allá de nuestras cortas existencias.

Muchos son los edificios públicos "funcionales", es decir, destinados a cobijar gente para la realización de determinadas actividades orientadas a satisfacer necesidades, deseos y placeres. Sólo los templos tienen una finalidad esencialmente espiritual, en los que únicamente es practicable la "economía" de la fe.

Me asalta una duda. La contemporaneidad, es decir, la condición de metafóricos co-constructores del templo, ¿no conlleva el riesgo de producir cierta desacralización de la obra? Los fieles se sentirán tanto más protegidos cuanto más intensa y continua sea su práctica religiosa. Los no creyentes, a su vez, no se verán inducidos a desacralizarla apenas tomen conciencia de estar ante una obra comunitaria de alto contenido espiritual. No debe olvidarse, sin embargo, que la distancia histórica es la que confiere cierto carácter misterioso a las creaciones humanas que, de esas manera, ingresan al mundo de lo mítico y lo sagrado.

OROPELES Y ESPIRITUALIDAD

Y una segunda duda se me presenta: ¿Cuando en un templo hay exceso de ornamentos, artesonados y oropeles, no se está creando un espacio sobreabundante en símbolos y signos, a veces de difícil interpretación, que dificultan una genuina elevación espiritual de los feligreses y, por tanto, pueden perturbar el puro sentimiento de estar en la casa de dios? Se salva el creyente aceptando y cumpliendo los códigos de la liturgia y, más y mejor, abandonándose al dulce embeleso de la oración. Comprende el agnóstico que tales excesos no alteran la esencial armonía de formas que configuran el apropiado escenario en el que ha de manifestarse lo religioso. Pensará el racionalista escéptico que nada puede saberse sobre el ser de dios, pero sí podrá aceptar su estar en el corazón de los fieles, hecho indubitable seguramente potenciado en las situaciones de culto dadas en el templo.

No parece que la dicotomía sagrado-profano fuera enteramente adecuada para una aproximación fenomenológica a la experiencia religiosa. Porque a nuestro juicio marca una frontera artificial, impuesta desde el exterior para mejor intelegir el proceso por parte de quienes se proponen investigarlo. Y tal división no se da en la propia conciencia del creyente durante el desarrollo de su experiencia religiosa.

Si por desacralización hemos de entender una disminución de la influencia que las religiones institucionalizadas tienen sobre el comportamiento individual y colectivo, hemos de convenir que actualmente es un hecho de fácil verificación en la sociedad moderna. Sin embargo, el desmedro de la sacralidad en la vida social no conlleva necesariamente un debilitamiento de la religiosidad o su pérdida definitiva. Más bien pasa como si el decrecimiento existencial de lo sacro generara un vacío, una demanda interior de religiosidad que el hombre de hoy trata de satisfacer de muchas maneras, sabiéndose o ignorándose creyente.

EN NUESTRA CIUDAD

Los habitantes de La Plata hemos asistido en los últimos años a la terminación de la catedral. Creo no equivocarme si afirmo que todos experimentamos sentires y pensares similares a los anteriormente descriptos. Suponemos que no con la misma intensidad como la que habrá animado a las personas del medioevo, durante la eclosión de la arquitectura religiosa, especialmente la del período gótico, cuando el espíritu religioso impregnaba toda la vida social.

Se nos ha dado a los platenses la infrecuente circunstancia de asistir a la construcción de una catedral, que a nuestros ojos adquiere la dimensión de un extraordinario hecho espiritual y cultural, perdurable por años, qué digo, por siglos, y que dará su impronta a la ciudad de La Plata.

Y se me aparece una tercera duda: ¿Todos los platenses sentirán lo mismo? ¿Qué puede significar tamaño despliegue de magnificencia -todo lo espiritual o espiritualizada que se quiera-, para los menesterosos chicos de la calle, sin sonrisas en sus rostros, o para los humildes cartoneros que, montados en los desechos portados en sus trotantes carrindangas, recorren las nocturnas calles de la ciudad? Cuando miran hacia arriba las magníficas torres catedralicias, ¿verán la luz de la fe fundada en la verdad de la justicia? Porque el Mensaje quiere que las campanas suenen especialmente por ellos, clamando menos por caridad que por justicia.