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Proteccionismo fino

Tiene razón la presidente Cristina Fernández de Kirchner: a menudo realmente es "como si hubiera un proteccionismo legal, cuando lo hacen los países desarrollados

 y uno populista, cuando se trata de los emergentes". Mientras que aquéllos se esfuerzan por brindar la impresión de estar dispuestos a acatar al pie de la letra todas las reglas aprobadas por la Organización Mundial del Comercio, éstos obran de forma tan torpe y arbitraria que son blancos fáciles de las críticas ajenas. Aunque, como señaló la presidenta en el discurso que pronunció el 25 de mayo en Bariloche, Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón obstaculizan bajo diversos pretextos ciertos productos nuestros, entre ellos carne, manteca y limones, sus gobiernos se las han arreglado para hacerlo de tal manera que logran guardar las apariencias, a diferencia del encabezado por Cristina que ha obrado de tal manera que, conforme a la OMC, es considerado el más proteccionista –y, lo que es peor, el menos previsible– de todos.

Según los europeos, las medidas tomadas por el secretario de Comercio Guillermo Moreno, con el aval explícito de Cristina, "han provocado un daño real a las empresas de la Unión Europea y perjudican el empleo y toda nuestra economía", razón por la que las autoridades del bloque acaban de pedir a la OMC que ordene sanciones internacionales contra la Argentina. Aun cuando la demanda no prospere, o los trámites correspondientes se prolonguen tanto que resulte ser meramente simbólica, el que no sólo la UE sino también muchos otros países hayan llegado a la conclusión de que el gobierno kirchnerista se supone facultado para violar todas las reglas y acuerdos nos perjudicará. Puede que, como afirmó Cristina, "somos el país número 11 en materia de libertad para invertir capitales extranjeros", pero a causa de la conducta caprichosa del gobierno que se ha hecho internacionalmente notorio por el desdén que sienten sus integrantes más destacados, como el viceministro de Economía Axel Kicillof, por la seguridad jurídica, escasean los interesados en aprovechar las oportunidades así supuestas.

Cuando aluden a los problemas planteados por las trabas a las importaciones, la presidente, los encargados de manejar la economía, el canciller Héctor Timerman y otros voceros gubernamentales hablan como si participaran de un debate estudiantil sin preocuparse por las eventuales consecuencias concretas de su forma de actuar, pero a esta altura debería serles evidente que al país no le convendría en absoluto seguir figurando como la oveja negra de la llamada comunidad internacional. Si bien adoptar una actitud desafiante podría reportarles algunos beneficios políticos internos, ya que abundan los habituados a creer que el resto del mundo es culpable de causar todos los males del país, de concretarse las represalias que la UE, Estados Unidos, el Japón, China y Corea del Sur, además de Brasil y otros socios comerciales latinoamericanos, se suponen con derecho a aplicar, el impacto en la marcha de una economía que ya está manifestando síntomas de agotamiento sería muy negativo.

Asimismo, incluso si no existiera ningún riesgo de que otros países se combinaran para tomar sanciones a fin de obligar al gobierno a desmantelar las muchas barreras comerciales que ha erigido, esto no querría decir que la política agresivamente proteccionista reivindicada por Cristina serviría para defender nuestros intereses, ya que el aislamiento principista que parece tener en mente supondría resignarnos al atraso. Desde hace diez años la Argentina se ve boicoteada por los inversores internacionales y no tiene acceso a los mercados de capitales en que las tasas de interés, lejos de ser "siderales" como nos asegura la presidenta, son en la actualidad sumamente bajas. Por lo demás, al privar a las fábricas de los insumos que necesitan, las trabas ideadas por Moreno han contribuido mucho a agravar la desaceleración de la industria. Mal que les pese a quienes se formaron ideológicamente en la Argentina de casi medio siglo atrás, el mundo ha cambiado mucho a partir de entonces. Por cierto, a esta altura sería absurdamente anacrónico pensar en los hipotéticos beneficios de la autarquía, objetivo éste que, a juzgar por la retórica de sus representantes, sigue tentando al gobierno nacional.