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El gallinero del fondo

En el campo de la cultura tuvimos hace unos años un funcionario a cargo que nos dejó ideas y conceptos dignos de memoria. 

Vino después, en pleno kirchnerismo, un sociólogo que asignó a su mandamás de entonces la opinión de que la cultura no era en absoluto una prioridad del gobierno y manifestó su solidaridad con esa valoración. Declaró que una de sus aspiraciones como funcionario era "auspiciar muestras de arte cartonero" y ubicar al frente de la Biblioteca Nacional "a un filósofo propuesto por la CGT de Moyano".

El actual secretario, cineasta de profesión, inauguró sus funciones en el 2009 anunciando una visión cultural sintetizada en la idea que, por cierto, es distinta de la que su antecesor atribuyó a Néstor Kirch-ner, quien le había confiado que, para él, la cultura era algo así como "el gallinero del fondo". Cree fervorosamente en una concepción que la pone en la proa del proyecto político del cual se enorgullece de formar parte. Hay, resume, que "politizar la cultura y culturalizar la política". Los artífices ideológicos de ese nuevo proyecto, sustitutivo de las ideas de Alberdi y Sarmiento, serán próceres del revisionismo tales como Ramos, Jauretche, Scalabrini y Galasso.

Recientemente la genialidad de este funcionario alcanzó ribetes antológicos. En un discurso en Formosa se refirió a los contenedores con libros y revistas retenidos en la Aduana por orden del secretario de Comercio (una genialidad que angustió por semanas a los suscriptores de revistas científicas y a los dependientes de libros de la alta cultura) acuñando un concepto decididamente revolucionario: "Soberanía cultural". Expresó que así como hay una soberanía económica hay también una soberanía cultural. Explicó que ésta consiste en que tengamos cada vez mayor capacidad de decisión para decir qué se debe editar, qué conviene que editemos y no que se decida en las grandes capitales del mundo sobre los libros que podemos leer. Luego de esta profesión de fe en la soberanía –patria sí, colonia no, como decían los de la Alianza Libertadora Nacionalista en sus tiempos– el funcionario, ante críticas hasta de grandes escritores latinoamericanos como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, retrocedió un poco. Explicó que se está trabajando en una transición desde "un viva la pepa existencial", esto es una colonia cultural del habla hispana, al modelo, a una Argentina gran productora editorial.

En esa misma línea de coherencia con "el modelo" se pronunció con su propia genialidad una ministra. Su aporte es una idea fundamental: substitución de importaciones en libros. Empeñada en una política de ese tipo para industrias y actividades varias desde hace tiempo, la funcionaria del ramo extendió ahora sus inquietudes de autarquía a los libros. Sostiene que la industria gráfica local puede abastecer el mercado interno y una política de substitución de importaciones aplicada a los libros podría crear unos 5.000 puestos de trabajo. Piensa, ya en el campo literario, que una fuerte industria gráfica nacional es la garantía para que los jóvenes autores argentinos puedan publicar sus obras ignoradas por las grandes editoriales multinacionales. Parece que cree que todos los libros, de cualquier materia que se trate, son lo mismo. Que podemos editar montañas de novelas y poesías tanto como libros de ciencia y alta cultura al paso de los avances del mundo. No sólo eso, se manifestó preocupada por la salubridad pública y la salud de los lectores. Hay que limitar, sostuvo, la importación de libros impresos con tintas que contienen niveles de plomo por encima de lo permitido. Equilibrar las condiciones de competencia con los productos hechos en países donde no se cumplen estas normas. Como es habitual entre nuestros industriales complacientes por temerosos con los de arriba, el representante de la Cámara del Libro estuvo de acuerdo con la ministra y respaldó sus ideas.

El último en participar en esta competencia de ingenios fue el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González. Este funcionario, especialista en explicaciones largas y farragosas, estuvo esta vez, dentro de la relatividad de lo que le es posible a un sociólogo militante, bastante claro. Con el propósito de tranquilizar las aguas, manifestó que no estamos ante una reiteración de la distopía de Ray Bradbury que describe un futuro sombrío de incineradores de libros. Admitió que hay funcionarios que toman medidas comerciales que afectan a la importación de cierto tipo de publicaciones, pero "son medidas insertas en la complejidad de la hora". Usando un latín eclesiástico, aclaró que "no se ha instalado en el país un Index Librorum Prohibitorum". Y redondeó la saga burocrática con un párrafo típico de los suyos: "No habiendo motivos para suponer que estamos ante la situación de 'Fahrenheit 451', deseamos que el libro mantenga su excepcional cultural; no es un equivalente a un rulemán o un chip con batería de litio". Así se cerró por ahora el gallinero del fondo.