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Desigualdad social: por dónde no pasó el tren de la prosperidad

Por Alcadio Oña* El autor señala que el crecimiento económico no garantiza una pareja distribución de los ingresos.

Desde el Gobierno suele repetirse que "las políticas de ajuste sólo llevan a la recesión", insistentemente y ahora con formato de libreto para las crisis en Estados Unidos y Europa. Es tan cierto como que, antes de la llegada del kirchnerismo al poder, en la Argentina hubo un fortísimo ajuste, con default incluido, que le limpió el camino: el trabajo si se quiere sucio lo habían hecho otros.

Pero de eso no se habla. En el relato oficial todo empieza en mayo de 2003, cuando asumió Néstor Kirchner. Y cualquier comparación sobre los avances sociales es contra ese año, aunque entonces la economía ya venía en trepada, o contra los críticos registros de 2002. Desde luego, el método robustece las diferencias.

Claramente en el centro del mundo, hoy los ajustes no los pagan quienes aplicaron o propiciaron modelos que iban a terminar provocándolos. Enriquecimiento a un lado, seguido de empobrecimiento en el otro. Está a la vista.

El reciente informe de la ONG "Un techo para mi país" muestra algo que también se conoce de sobra: que el crecimiento económico no garantiza, por sí mismo, una distribución pareja de los ingresos entre las capas sociales. También que, pese a los planes del Gobierno, las mentadas políticas inclusivas están cuanto menos a mitad de camino.

Para el caso, vale refrescar algunos datos del informe:

En el Gran Buenos Aires, 864.000 familias viven en asentamientos o villas. Un 16% más de las que había en 2001. Eso significa que arriba de 2 millones de personas están en situación de hacinamiento. Nada para envidiar.

El 22% de esas familias vive al lado de un basural o directamente encima. Y un 35%, pegadas a un arroyo, un canal o un río, seguramente contaminados. O sea, expuestas a cualquier enfermedad.

Un 83% no tiene acceso a redes de gas. En el mejor de los casos, deben arreglársela con garrafas, muchísimo más caras que el gas domiciliario.

La Matanza y Quilmes registran la mayor cantidad de asentamientos. Y no es casual: ambos partidos figuran entre los cuatro del GBA con más alta tasa de crecimiento de la población, entre 2001 y 2010.

Aun en su magnitud, el cuadro puede ser explicado por varios factores. Entre ellos, la posibilidad de entrar en algún plan social, "colgarse" de las líneas de electricidad o la cercanía con centros de salud. Definitivamente, creen que allí están mejor que en otros lugares, aunque también deban pagar una cuota de ingreso y ser víctimas del negocio de la venta de terrenos.

Es evidente que por aquí no pasó el tren de la prosperidad, tal cual sucedió en tantas otras partes. De cuestiones semejantes hablan los especialistas, cuando dicen que la economía no derrama parejo: en la era K, el PBI promedió un crecimiento anual cercano al 8 % y redondeó un ciclo sin precedentes en la Argentina.

Ese es un contraste fuerte. Otro, que en el conurbano bonaerense se concentra la mayor parte del gasto público en viviendas, en el Plan Trabajar, en mejoras habitacionales y en urbanización de villas y asentamientos.

Sólo por estos cuatro programas, el Gobierno destinó al GBA unos $ 7.000 millones en el último año y medio. Muchísima plata y seguramente necesaria, aunque nunca falten sospechas sobre el manejo de los fondos y la eficiencia con que son aplicados.

Es evidente que, comparada con la de 2002, la tasa de pobreza ha descendido verticalmente. Los datos del Indec carecen de toda credibilidad, pero estimaciones de fuentes próximas al kirchnerismo cantan que todavía existen 8,4 millones de pobres, de los cuales 2 millones son indigentes.

También ha caído notoriamente la desocupación, aunque de nuevo aparecen algunos agujeros considerables. En el 20% inferior de la pirámide social, el desempleo alcanza al 17% y existe otro 15% donde el trabajo es intermitente: la suma arroja una desocupación que fluctúa alrededor del 30%, tres veces más alta que el índice general difundido por el Indec.

Hay más sobre lo mismo. El empleo en negro llega al 34% de la fuerza laboral, o sea, trabajadores sin aportes jubilatorios, ni vacaciones pagas, indemnización o cobertura de salud. El porcentaje crece, si se incorporan los cuentapropistas de bajos ingresos y otros forzados a la informalidad.

Cualquiera de ellos padece como pocos el avance del proceso inflacionario, un ajuste de hecho que jamás admitirá Amado Boudou, siempre presto a usar la palabra con otros.
 
Y la padecen mucho más que quienes están en condiciones de discutir sueldos, una manera de pelearle al alza de precios, aunque al interior de este bloque las diferencias salariales son enormes.

Con todo, nada bate a la decisión de votar a Cristina Kirchner. Una encuesta elaborada al borde de las primarias de agosto anticipó ese resultado y el que viene: reveló que del total de opiniones positivas sobre el rumbo inmediato de la economía, un 41% provino de las clases bajas y el 33% de las altas. El optimismo es mayor en el GBA que en la Capital y el interior.

Aun cuando la realidad canta que en la Argentina conviven dos mundos muy diferentes dentro del mismo mundo, pronto el Indec saldrá a poner las cosas en su lugar. Dirá que se ha alcanzado el fifthy - fifthy en la distribución del ingreso, un 50% por igual para el capital y el trabajo.

Así, el escenario sería parecido o idéntico al mejor momento de Perón. Impresionante, salvo por un detalle: sería necesario creerle a las estadísticas del instituto administrado por Guillermo Moreno.