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De la Serna: "Si el arte no modifica al espectador, no funciona"

*Por Emanuel Respighi. Manuel, el protagonista de Mía, es el quinto personaje que le toca interpretar en este año, tras sus actuaciones en televisión (Contra las cuerdas y El puntero), cine (Revolución, el cruce de los Andes) y teatro (Lluvia constante).

Si la gracia del oficio de actuar está en la de poder interpretar –aun cuando sea en el registro ficcional– la vida de las más variadas personalidades, podría decirse que el 2011 quedará marcado a fuego en la carrera de Rodrigo de la Serna como el año en que vivió en la piel de cinco personajes. En la televisión interpretó a Ezequiel, el muchacho del interior que dejó todo en su pueblo natal para probarse como boxeador profesional en Contra las cuerdas, y en esa búsqueda tuvo que anteponerse a la compleja realidad que le impuso el conurbano. Luego, también en la pantalla chica, le puso el cuerpo a Lombardo, el pibe de la villa que en El puntero (miércoles a las 23, por El Trece) busca progresar a fuerza de ir al choque para el líder político de la zona. En Lluvia constante (miércoles a domingos en el Paseo La Plaza), De la Serna demuestra sobre el escenario toda su fortaleza física y emocional en la piel de Dani, el más visceral de los amigos policías. En el cine tuvo el privilegio de componer a San Martín en Revolución, el cruce de los Andes a comienzos de año; y acaba de regresar con Mía, el film de Javier Van de Couter que se estrenó el último jueves. Un año movido para un actor que a los 35 se consagró como uno de los grandes intérpretes de su generación.

No es resultado de la casualidad que, con sus lógicos matices de personalidad, los cinco personajes que atravesaron la temporada profesional de De la Serna compartan el hecho de necesitar de una fuerte intensidad compositiva. De alguna manera, el actor es uno de esos escasos intérpretes para los que el cuerpo ocupa un rol prioritario a la hora de pensarse en un personaje. Una energía física que despliega en cada nuevo trabajo que emprende, y que explica que quienes toman decisiones sobre el casting lo tengan siempre presente cuando de personajes intensos se trata. Nadie mejor que él, entonces, para que dé cuenta del porqué de su registro físico. "Me gusta ponerles el cuerpo a las cosas, lo disfruto, es mi manera de encarar la profesión", analiza el actor que se consagró internacionalmente con Diarios de motocicleta, la película en la que interpretó a Alberto Granado el compañero de aventuras del Che Guevara. "No concibo la composición interna, intelectual, sin el complemento físico. En mi caso, las dos cosas van de la mano. El Lombardo de El puntero es un personaje muy físico, y en Lluvia constante el trabajo físico también es extenuante. Siento que pierdo un kilo y medio por función: son 90 minutos al mango, con un despliegue físico y emocional muy intenso. No sé si estos dos personajes podría hacerlos al palo, como los hago hoy, dentro de cinco años", reconoce, sin ocultar cierta desazón por el porvenir.

Entre el disfrute y el padecimiento: De la Serna confiesa que vivió así el año, en el que no se privó de hacer cine, TV y teatro. "Hice de todo, pero no lo busqué conscientemente, se fue dando: la vida a veces te va proponiendo las cosas así", subraya. Pero, con un nombre como el suyo, ¿no puede elegir qué hacer? "Uno puede elegir qué cosas hacer, pero nunca elige cuándo llegan esas propuestas –aclara–. Años antes de esta irrupción masiva en los medios había estado sin trabajo; había hecho cosas muy puntuales. Me separé de mi mujer (la actriz Erica Rivas) y la realidad cambió: me puse a trabajar. Tenía muchas ganas de exigirme. Y por suerte me llegaron muchas propuestas interesantes."

–Recién mencionó su separación como una causa de este intenso momento laboral. ¿Se toma el trabajo como una acción terapéutica?

–No sé si es terapéutico, pero el trabajo siempre es una manera de tener la mente ocupada en forma creativa. En lo profesional, fue el año más intenso de mi carrera.

–Más allá de la cantidad de trabajo, ¿lo siente como un año de crecimiento profesional?

–Sí, porque tuve la oportunidad de hacer personajes muy distintos, pero muy intensos todos. Tener la posibilidad de hacer a San Martín fue un desafío maravilloso que me permitió interpretar a un personaje muy expresivo; Manuel, el personaje de Mía, es alguien al que le pasan cosas muy intensas, como es asimilar la muerte de su joven esposa, pero me requirió de una composición más cotidiana. Tuve la oportunidad de hacer teatro, que hacía mucho que no transitaba, con una obra como Lluvia constante que me tiene entusiasmado. Hacer de Lombardo en El puntero es un placer, me divierto mucho armándolo, y Contra las cuerdas me dio el ejercicio de grabar diariamente muchas horas, ejercitando mi faceta actoral. Son riesgos que uno toma.

–¿Y qué necesita asumir para satisfacer su vocación actoral?

–Me gusta y me estimula enfrentar determinados riesgos que me representen desafíos. No me interesa la fácil. No podía hacer un Lombardo tibio, por ejemplo, ni me interesaba hacerlo. No se puede contar una realidad tan marginal como la que cuenta El puntero de una manera liviana. Tampoco un San Martín cruzando los Andes y liberando pueblos ameritaba una composición fría, desapasionada. Se dio la casualidad de que se combinaron que todos los personajes que hice fueron muy intensos. Si bien Mía tiene un registro más naturalista y una estética narrativa más serena, lo que le toca vivir a Manuel es muy intenso. Lo lindo de esta tarea es que uno puede encarnar distintos personajes y personalidades.

–¿Es de los actores que necesitan trabajar mucho para desarrollar plenamente la usina creativa?

–Siento que cuanto más laburo, más entrenado estoy. Y cuanto más entrenado estoy física y mentalmente, más lúcido me siento para desarrollar un personaje. El entrenamiento es fundamental para el actor. Haber hecho Contra las cuerdas me sirvió mucho para después poder hacer a Lombardo y bancarme las funciones de Lluvia constante. Si bien son personajes muy distintos, hacía mucho que no hacía televisión con el ritmo diario. Esos cuatro meses de TV a full me posibilitaron estar suelto y relajado. El ritmo que te propone la TV es más vertiginoso, con menos análisis, y estar en forma hace que en ese sistema puedas armar un personaje con tranquilidad. Si el actor se deja estar, se oxida. Si no hubiese estado entrenado, no hubiera podido grabar durante el día El puntero y a la noche subir al escenario para Lluvia constante.

–Mía cuenta una historia que tiene como eje temático que subyace la discriminación que sufren las minorías en este país. En este caso, la que sufren las travestis, pero podría ser cualquier otro sector. ¿Esa búsqueda fue una causa extra a la hora de aceptar participar del film?

–En Mía se trata de una doble discriminación y exclusión: el personaje de Mía la sufre por pobre y por travesti. Me parece que poder aportar una cuota de denuncia entrelazada en una historia dramática siempre es un plus interesante para cualquier actor. A veces es esclarecedor darse cuenta de cómo la vida de uno puede dar un vuelco positivo gracias a la ayuda de alguien del que menos te imaginás que te puede ayudar. La vida de este Manuel, que es un profesional proveniente de una familia "bien" y que ante la muerte de su esposa se abandona y se recluye en el alcohol, logra encarrilarse nuevamente por la llegada de una persona que jamás hubiera elegido, a la que jamás le hubiera dado la menor chance de entablar relación alguna. Sólo porque su hija la aceptó a sus espaldas, él termina dándole una oportunidad. Porque la primera actitud de Manuel es rechazar a la travesti, como creo que lamentablemente aún haríamos el 90 por ciento de las personas en una primera instancia.

–¿Y por qué cree que el "diferente" sigue siendo excluido?

–El rechazo al diferente, en la mayoría de los casos, es más una reacción visceral que intelectual. Y ése es un problema social que debemos modificar para poder crecer en comunidad. Creo que hoy más que nunca una película de estas características, con el mensaje implícito que tiene, puede ser recibida abiertamente por el público argentino. Transitamos transformaciones sociales que nos mejoran como comunidad. Que surja esta película es una expresión de lo que vivimos como sociedad. Ojalá la peli pueda ser vista por la mayor cantidad de gente posible. Pero somos conscientes de que no tenemos una gran productora detrás y que los exhibidores priorizan lo extranjero por sobre cualquier otro aspecto.

–Recién comentaba que es un momento interesante para, desde una ficción, abordar temáticas que hablan sobre cómo es la sociedad. ¿A qué se refiere, específicamente?

–El hecho de que haya democracia desde hace más de 35 años favorece que la sociedad se piense a sí misma. Es un momento donde las mentiras y las hipocresías no se sostienen. Hay muchas caretas que se caen y van a seguir cayendo y van a seguir haciendo ruido. Es un momento social bisagra, se aprobó la ley de matrimonio igualitario, se discute la despenalización del aborto.

–¿Es, entonces, de los que creen que el arte puede servir para transformar lo social?

–Sin dudas. Cada cual se toma la actuación como quiere, pero para mí si una obra artística no modifica en algo al espectador, no funciona. No sólo estamos para entretener. Aspiro siempre a provocar en los espectadores una emoción o reflexión sobre algo. Muchas veces, incluso, tal vez el proyecto no tiene un objetivo extraartístico, pero como actor trato de buscarlo. Pero en mi deseo siempre está utilizar mi profesión para despertar algo en el otro.

–A la hora de elegir qué propuesta aceptar, ¿qué aspectos entran en juego para tomar la decisión?

–Hasta hace dos años, no me importaba nada. Si sentía que por cuestiones artísticas tenía que hacerlo, lo hacía sin evaluar nada más. Pero también me hago cargo de que cuando uno está comprometido con un proyecto es interesante que llegue a la mayor cantidad de gente posible, sin que esto afecte la calidad del producto o del mensaje que uno quiera comunicar. Es bueno que lo masivo sea de calidad y que sea un elemento cultural. No es fácil de lograr, pero es una búsqueda que ahora tengo como actor: lograr masividad desde buenas propuestas artístico-culturales.

–Usted nació en 1976, por lo que buena parte de su adolescencia la vivió en los ’90. ¿Avizora el futuro del país con mayor expectativa que la que tenía en aquellos años?

–En los ’90 tenía un panorama muy triste sobre la sociedad y la política. Hoy, por lo pronto, estamos discutiendo qué somos y qué sociedad queremos. Y creo que las cosas malas se están empezando a cambiar. Obviamente, falta mucho para llegar a un ideal. Pero me interesa el proceso social que estamos viviendo, me apasiona y me compromete a aportar mi granito para que el ideal llegue algún día. Este país cambió mucho, pero no hay que perder el foco. Es bueno hacer el esfuerzo de pensar de dónde venimos y hasta dónde llegamos. Y lo interesante es que este proceso social y político abarca a toda la región. Creo que hoy América latina es uno de los mejores lugares del planeta para vivir.