Sociedad
Crisis educacional: El inglés que aprendimos en la escuela ya no alcanza: ¿qué significa realmente “saber inglés” hoy?
Saber inglés no es una sola habilidad. Hoy significa poder comprender, producir e interactuar con el idioma de acuerdo con la situación: comunicar una idea, interpretar lo que otra persona quiere decir, reaccionar, argumentar, reformular y encontrar los recursos para seguir comunicándonos cuando algo no sale exactamente como lo habíamos planeado.
Por: Ornella Muratore. Especialista en English Language Teaching · Fundadora de Muratore ELT
Hay una frase que escuchamos constantemente: “Estudié inglés durante años, pero cuando tengo que hablar, no me sale”.
Y ahí aparece uno de los mayores problemas de cómo aprendimos inglés durante mucho tiempo: confundimos saber cosas sobre el idioma con saber usarlo.
Podés conocer los tiempos verbales, haber aprobado todos los niveles de un instituto e incluso tener un certificado. Pero si mañana entrás a una reunión en inglés y no podés explicar una idea, responder una pregunta que no esperabas o reformular cuando no te entienden, hay una parte del aprendizaje que todavía falta desarrollar.
No porque todo lo anterior no haya servido. La gramática, el vocabulario y las certificaciones internacionales importan y, en muchos casos, pueden ser fundamentales. El problema aparece cuando creemos que cualquiera de esas cosas, por sí sola, equivale a dominar una lengua.
Saber inglés no es solamente saber sobre inglés
Una lengua no existe únicamente como un conjunto de reglas. La usamos para hacer cosas: explicar una idea, preguntar, disentir o defender un punto de vista; comprender una instrucción, escribir un mail, participar de una reunión, resolver un malentendido o sostener una conversación aunque no conozcamos exactamente la palabra que queremos utilizar.
Por eso podemos encontrarnos con personas que tienen un conocimiento gramatical excelente y, sin embargo, sienten que “no saben inglés” cuando tienen que usarlo espontáneamente.
También puede suceder lo contrario: alguien logra comunicarse con bastante soltura, pero necesita desarrollar precisión, ampliar vocabulario o trabajar determinadas estructuras para avanzar hacia otro nivel.
Saber inglés no es una sola habilidad. Hoy significa poder comprender, producir e interactuar con el idioma de acuerdo con la situación: comunicar una idea, interpretar lo que otra persona quiere decir, reaccionar, argumentar, reformular y encontrar los recursos para seguir comunicándonos cuando algo no sale exactamente como lo habíamos planeado.
Un nivel nos da información, pero no nos cuenta toda la historia
Por eso, cuando trabajamos con una persona, saber que “tiene B2” no nos alcanza. Necesitamos entender qué puede hacer con ese B2.
¿Puede sostener una conversación espontánea y argumentar? ¿Comprende distintos acentos? ¿Puede escribir con claridad? ¿Qué pasa cuando no conoce una palabra: se bloquea o encuentra otra manera de decirlo? ¿Qué habilidades tiene más desarrolladas y cuáles están limitando su desempeño?
Y, sobre todo, ¿para qué necesita el inglés?
Preparar IELTS para ingresar a una universidad, desarrollar inglés para trabajar con un equipo internacional o querer hablar con mayor fluidez son tres objetivos completamente distintos. El punto de partida puede incluso ser el mismo, pero el recorrido no debería serlo.
Ahí es donde, para nosotros, empieza realmente la enseñanza: no cuando elegimos un libro o una unidad, sino cuando entendemos qué necesita esa persona y podemos decidir qué trabajar, en qué orden y para qué.
¿Entonces las certificaciones no importan?
Sí, importan. Exámenes como Cambridge, IELTS o TOEFL permiten acreditar competencias bajo criterios estandarizados y, en muchos casos, son necesarios para ingresar a una universidad, aplicar a programas internacionales, atravesar determinados procesos migratorios o acreditar el idioma profesionalmente.
Pero certificar y saber utilizar el idioma no deberían plantearse como dos objetivos opuestos. El certificado acredita un determinado nivel de competencia, mientras que la capacidad de utilizar el idioma nos permite actuar en situaciones concretas.
Una buena preparación para un examen, por lo tanto, no debería consistir únicamente en aprender trucos para aprobarlo. La estrategia de examen es necesaria, pero también lo es desarrollar las habilidades lingüísticas que ese examen intenta evaluar. Porque, después del resultado, viene la vida real.
El inglés que necesitamos también cambió
Hoy usamos el idioma en contextos muy diferentes a los de hace algunos años. Trabajamos de manera remota con personas de otros países, tenemos entrevistas laborales internacionales, estudiamos afuera, consumimos información constantemente en inglés y participamos de reuniones virtuales en las que nos encontramos con una enorme variedad de acentos y formas de comunicarse.
Al mismo tiempo, contamos con traductores automáticos y herramientas de inteligencia artificial capaces de corregir, reformular e incluso producir textos completos en segundos. En ese contexto, memorizar información ya no puede ser el centro de todo el aprendizaje.
Necesitamos poder comprender, interpretar, reaccionar, argumentar, reformular y tomar decisiones lingüísticas en tiempo real. Y hay otra competencia que muchas veces olvidamos: aprender a comunicarnos sin esperar perfección.
Dominar un idioma no significa hablar como un hablante nativo ni construir frases impecables todo el tiempo. También significa contar con suficientes recursos para seguir comunicándonos cuando algo no sale exactamente como esperábamos.
Quizás también tengamos que cambiar la pregunta
Durante años preguntamos: “¿Qué nivel de inglés tenés?”. A1, B1, B2, C1.
Esas categorías son útiles porque nos permiten describir el desarrollo lingüístico y establecer determinados parámetros, pero no cuentan toda la historia de una persona. Dos alumnos con el mismo nivel pueden tener fortalezas, dificultades, objetivos, ritmos y necesidades completamente diferentes.
Por eso hay otra pregunta que, como docentes, nos interesa mucho más: ¿qué necesitás poder hacer en inglés que hoy todavía no podés hacer?
La respuesta nos dice muchísimo más, porque aprender una lengua no debería consistir solamente en acumular niveles, cursos o certificados, sino en ampliar aquello que somos capaces de hacer con ella.
Y quizás esa sea hoy una definición bastante más útil de lo que significa realmente saber inglés.
Hay una frase que escuchamos constantemente: “Estudié inglés durante años, pero cuando tengo que hablar, no me sale”.
Y ahí aparece uno de los mayores problemas de cómo aprendimos inglés durante mucho tiempo: confundimos saber cosas sobre el idioma con saber usarlo.
Podés conocer los tiempos verbales, haber aprobado todos los niveles de un instituto e incluso tener un certificado. Pero si mañana entrás a una reunión en inglés y no podés explicar una idea, responder una pregunta que no esperabas o reformular cuando no te entienden, hay una parte del aprendizaje que todavía falta desarrollar.
No porque todo lo anterior no haya servido. La gramática, el vocabulario y las certificaciones internacionales importan y, en muchos casos, pueden ser fundamentales. El problema aparece cuando creemos que cualquiera de esas cosas, por sí sola, equivale a dominar una lengua.
Saber inglés no es solamente saber sobre inglés
Una lengua no existe únicamente como un conjunto de reglas. La usamos para hacer cosas: explicar una idea, preguntar, disentir o defender un punto de vista; comprender una instrucción, escribir un mail, participar de una reunión, resolver un malentendido o sostener una conversación aunque no conozcamos exactamente la palabra que queremos utilizar.
Por eso podemos encontrarnos con personas que tienen un conocimiento gramatical excelente y, sin embargo, sienten que “no saben inglés” cuando tienen que usarlo espontáneamente.
También puede suceder lo contrario: alguien logra comunicarse con bastante soltura, pero necesita desarrollar precisión, ampliar vocabulario o trabajar determinadas estructuras para avanzar hacia otro nivel.
Saber inglés no es una sola habilidad. Hoy significa poder comprender, producir e interactuar con el idioma de acuerdo con la situación: comunicar una idea, interpretar lo que otra persona quiere decir, reaccionar, argumentar, reformular y encontrar los recursos para seguir comunicándonos cuando algo no sale exactamente como lo habíamos planeado.
Un nivel nos da información, pero no nos cuenta toda la historia
Por eso, cuando trabajamos con una persona, saber que “tiene B2” no nos alcanza. Necesitamos entender qué puede hacer con ese B2.
¿Puede sostener una conversación espontánea y argumentar? ¿Comprende distintos acentos? ¿Puede escribir con claridad? ¿Qué pasa cuando no conoce una palabra: se bloquea o encuentra otra manera de decirlo? ¿Qué habilidades tiene más desarrolladas y cuáles están limitando su desempeño?
Y, sobre todo, ¿para qué necesita el inglés?
Preparar IELTS para ingresar a una universidad, desarrollar inglés para trabajar con un equipo internacional o querer hablar con mayor fluidez son tres objetivos completamente distintos. El punto de partida puede incluso ser el mismo, pero el recorrido no debería serlo.
Ahí es donde, para nosotros, empieza realmente la enseñanza: no cuando elegimos un libro o una unidad, sino cuando entendemos qué necesita esa persona y podemos decidir qué trabajar, en qué orden y para qué.
¿Entonces las certificaciones no importan?
Sí, importan. Exámenes como Cambridge, IELTS o TOEFL permiten acreditar competencias bajo criterios estandarizados y, en muchos casos, son necesarios para ingresar a una universidad, aplicar a programas internacionales, atravesar determinados procesos migratorios o acreditar el idioma profesionalmente.
Pero certificar y saber utilizar el idioma no deberían plantearse como dos objetivos opuestos. El certificado acredita un determinado nivel de competencia, mientras que la capacidad de utilizar el idioma nos permite actuar en situaciones concretas.
Una buena preparación para un examen, por lo tanto, no debería consistir únicamente en aprender trucos para aprobarlo. La estrategia de examen es necesaria, pero también lo es desarrollar las habilidades lingüísticas que ese examen intenta evaluar. Porque, después del resultado, viene la vida real.
El inglés que necesitamos también cambió
Hoy usamos el idioma en contextos muy diferentes a los de hace algunos años. Trabajamos de manera remota con personas de otros países, tenemos entrevistas laborales internacionales, estudiamos afuera, consumimos información constantemente en inglés y participamos de reuniones virtuales en las que nos encontramos con una enorme variedad de acentos y formas de comunicarse.
Al mismo tiempo, contamos con traductores automáticos y herramientas de inteligencia artificial capaces de corregir, reformular e incluso producir textos completos en segundos. En ese contexto, memorizar información ya no puede ser el centro de todo el aprendizaje.
Necesitamos poder comprender, interpretar, reaccionar, argumentar, reformular y tomar decisiones lingüísticas en tiempo real. Y hay otra competencia que muchas veces olvidamos: aprender a comunicarnos sin esperar perfección.
Dominar un idioma no significa hablar como un hablante nativo ni construir frases impecables todo el tiempo. También significa contar con suficientes recursos para seguir comunicándonos cuando algo no sale exactamente como esperábamos.
Quizás también tengamos que cambiar la pregunta
Durante años preguntamos: “¿Qué nivel de inglés tenés?”. A1, B1, B2, C1.
Esas categorías son útiles porque nos permiten describir el desarrollo lingüístico y establecer determinados parámetros, pero no cuentan toda la historia de una persona. Dos alumnos con el mismo nivel pueden tener fortalezas, dificultades, objetivos, ritmos y necesidades completamente diferentes.
Por eso hay otra pregunta que, como docentes, nos interesa mucho más: ¿qué necesitás poder hacer en inglés que hoy todavía no podés hacer?
La respuesta nos dice muchísimo más, porque aprender una lengua no debería consistir solamente en acumular niveles, cursos o certificados, sino en ampliar aquello que somos capaces de hacer con ella.
Y quizás esa sea hoy una definición bastante más útil de lo que significa realmente saber inglés.
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