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Adicciones, el imperio del deseo 2

Omar Ledesma. Las consecuencias del abuso de sustancias.

En la entrega anterior, veníamos de la ejemplificación de cómo el abuso de una sustancia dada, (habíamos mencionado algunos pocos ejemplos), produce en todas las instancias de la vida de la persona.

Quedan obviamente muchas sustancias por describir, tales como la cocaína, la pasta base, el crack, las anfetaminas, las metanfetaminas, etc. La mención de todas las presentes no es aleatoria, sino que todas ellas resultan estimulantes potentes del sistema nervioso central, actuando a nivel de similares mecanismos en las neuronas y produciendo el efecto desde estados de euforia hasta franca manía, desorganización conductual o en el peor de los casos, síndrome alucino- delirante. De hecho, los efectos deseados de la sustancia pueden variar de persona a persona por la dosis, el corte (o grado de pureza medido en relación a las sustancias con las cuales se “estira” la droga), los efectos que pueden producir los agregados que se usan para su “estiramiento” (desde bicarbonato, glucosa hasta polvo de tubo fluorescente), y la dosis final ingerida.

En el otro extremo, tenemos las sustancias que son depresoras (el efecto contrario) del sistema nervioso central, siendo las principales la marihuana, los derivados del opio (generalmente analgésicos potentes que se utilizan en forma controlada en la práctica médica tanto calmar el dolor como para producir sedación), psicofármacos sedativos, y algunos agentes anestésicos. Del mismo modo que antes hablábamos de la excitación psicomotriz o los estados de euforia, acá el efecto buscado es el opuesto, desde la calma hasta la sedación profunda, y mucho más cuando se mezclan con alcohol a grandes dosis o los antagónicos (excitadores y depresores) en forma combinada o sucesiva, determinando intoxicaciones graves con eventual riesgo de vida. Un capítulo aparte lo constituyen los alucinógenos, que van desde drogas de alcance a la mano (el floripondio es un árbol que crece en muchas veredas libremente, y del cual haciendo un cocido de las hojas en agua hirviendo, se obtiene un efecto similar, a veces indistinguible, de un brote psicótico como sería el de una esquizofrenia), otros son hongos, y luego los de formulación química, generalmente derivados de precursores químicos como otros alucinógenos o las anfetaminas y la ketamina, anestésico actualmente de uso veterinario, que se usó en humanos desde la época de la guerra de Vietnam (permitía a los heridos con heridas muy graves la extracción del sitio donde se hallaban) hasta hace unos 20 años. Producen en forma general un estado de disensopercepción, (oir los colores, ver la música, etc.)o alucinaciones (percepción sin objeto). Su utilización es un poco más limitada, sobre todo a ambientes con estímulos fuertes para los diferentes sentidos, y producen además por acción sobre el sistema nervioso, un aumento de la temperatura corporal, lo que sumado al movimiento y la aglomeración de gente lleva a estados de deshidratación graves que pueden ocasionar la muerte, Por otra. parte, resultan luego del consumo, y aún a largo plazo los flashbacks, o regresiones, donde la persona puede revivir parte o la totalidad de los efectos en un estado de intoxicación dado; esto a sido descripto incluso con un consumo único, lo que habla del daño  neurológico producido.

Muchas drogas, pocos mecanismos, una respuesta: no existiría el consumo de sustancias, naturales o químicas, si en primera instancia la química y la fisiología de nuestros cerebros no tuviesen puntos en los cuales poder situar una unión a las neuronas para que se de un efecto dado. Así, mas allá del sitio y modo de acción de cada droga de las que podemos haber mencionado, los neurotransmisores impactan en una parte bastante antigua de nuestro cerebro, el sistema mesolímbico, que es el encargado de regir el placer dependiente de nuestras conductas (o consumos), lanzando a la circulación del cerebro una gran cantidad de endorfinas, que son los opiáceos naturales de nuestro cuerpo (si, compartimos una parte del ADN con las amapolas…), y estas endorfinas, actuando en las regiones específicas del mismo órgano, producen una liberación de adrenalina, noradrenalina, dopamina, y oxitocina, que son las encargadas de distribuir y hacer consciente el placer en todo el cuerpo, inclusive en lo sexual aunque no exista una estimulación del aparato genital. Por último, como la biología siempre piensa en la economía, hasta la de espacio, el sistema mesolímbico se halla en estrecha relación por conexiones y casi contigüidad anatómica con el sistema límbico, responsable de nuestros disparos emocionales, generador de memoria de corto plazo y primer sistema de respuesta antes que un estímulo se haga consciente, a través de su representación en la corteza cerebral frontal, la que nos convierte en humanos.

Si todo es tan natural, ¿por qué no vivimos consumiendo sustancias?

Esta pregunta motiva infinidad de respuestas, todas ellas de índole social, habitualmente coloquiales, las cuales solemos dar en forma rápida y con conocimiento de sentido común, pero no tan común como para ser la norma.

Pongamos algunos ejemplos: ¿fumar causa cáncer y enfermedades cardíacas? Si. ¿La marihuana es cancerígena? Pregunta difícil, porque la sociedad ha puesto su acento de sentido común en que fumar marihuana es mejor que fumar tabaco, con la diferencia (raramente informada) de que la marihuana es 250 veces más cancerígena para el pulmón que el tabaco.

Sobre el ejemplo anterior: si uno maneja y puede estar fumando, ¿por qué no puede fumar un porro en vez de un cigarrillo? Sencillo, la alteración del estado de conciencia producida por el tabaco en menos a los 0,8 segundos, la producida por la marihuana es superior a los 30 minutos.

Una cuestión muy interesante, de pregunta casi obligada cuando hay un  médico presente en una reunión: “tomar alcohol relaja y puedo decir y hacer cosas que en otro estado no haría…”, si, seguramente, como ser impotente sexual. Y para esto no se necesitaba un  médico, porque Shakespeare ya lo había respondido en su obra “Hamlet: …´el alcohol libera la lengua y encarcela la potencia…´”.

Podríamos seguir con los ejemplos hasta el cansancio, pero por ahora, nos alcanza saber que la sociedad exitista, así como las pautas, usos y costumbres que se convierten casi en una competencia al momento del consumo de sustancias, llevan a una enfermedad no reconocida por su portador (y todas las que sus conductas no adaptativas le pudieran agregar), vista por muchos y callada por todos, porque es lícito, valedero y muestra de la inclusión social tener un infarto a los 30 años (“se mata trabajando”/// tuvo una sobredosis…), antes que reconocer que una persona que va en franca caída y perdiendo todo, es un adicto que necesita urgente de una ayuda.

La semana que viene, las adicciones no químicas, las nuevas formas de comunicación y el paradigma de la incertidumbre, todo el refinamiento a la hora de enfermar.

 Hasta la próxima nota.

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