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La vicepresidenta de las manos callosas: Francia Márquez Mina

Fue madre a los 16 y trabajó en las minas desde entonces. Afrocescendiente, palenquera y raizal.


El pasado domingo 19 de junio llegó al gobierno de Colombia el Pacto Histórico, una coalición de izquierdas encabezada por Gustavo Petro. A pesar de que la política tiende a abusar de la épica, este cambio regional sí es histórico porque supone que la izquierda cuenta con la posibilidad de gobernar producto de elecciones democráticas, algo novedoso en un país tradicionalmente gobernado por conservadores y/o liberales, y cuyos espacios masivos de izquierda eran/son guerrillas. 

No obstante, Petro no se alza solo con esta victoria. Más bien, se erige simplemente como la cabeza de una alianza de al menos diecisiete partidos políticos, que, a la vez, es apoyada por otros trece. El Pacto Histórico, fundado en 2021 para las elecciones -tanto legislativas como ejecutivas- de este año, eligió a sus candidatos/as en una interna participativa, una vez más, dándole una oxigenación democrática a la izquierda colombiana que otrora no tenía. Aunque Petro siempre llevó la delantera, un resultado de la consulta interpartidista sorprendió: en segundo lugar quedó Francia Márquez Mina, una mujer afrocolombiana de cuarenta años, activista medioambiental y feminista. Nuevamente, en un hábil movimiento táctico de cara a las elecciones, la respuesta del Pacto Histórico fue incorporarla a la fórmula presidencial en carácter de vice, en un emotivo acto que destacó la importancia de que la abogada y activista no sea “la segunda”.

Francia nació una entre doce hermanos/as. Fue madre (y, según sus propios términos, también padre) a los dieciséis años, y trabajó en las minas desde entonces. Afrocescendiente, palenquera -descendientes de los esclavizados que resistendo la esclavitud desde la colonización se refugiaron en los territorios de la Costa Norte de Colombia en los denominados palenques- y raizal -descendientes de exesclavos y europeos. La novedad de Francia es que su historia podría ser la de cualquier colombiana. Esto es una rareza en un país donde las élites políticas y económicas tienen distancias culturales, sociales y materiales muy marcadas respecto del resto, y donde el poder económico y político se habían siempre encontrado fusionados. De hecho, de 159 países para los cuales el “índice de Gini” aparece actualizado, Colombia se encuentra en el puesto 146, siendo más desigual que Ruanda, Honduras, Nigeria, Paraguay o Sudán del Sur. 

Además de la desigualdad socio-económica, Colombia no ha sido la democracia más vibrante de la región: de hecho, la ONG Freedom House caracteriza su régimen político como uno “parcialmente libre” -por oposición a uno que lo sea enteramente. En este sentido, durante el Paro Nacional en Colombia de 2021, originado contra una reforma tributaria, hubo violaciones, detenciones, asesinatos a activistas y el derecho a la reunión se vio cercenado tanto por fuerzas públicas como por grupos paramilitares. 

La violencia política es persistente en el país desde hace décadas: en 1989 el candidato liberal Luis Carlos Galán fue ametrallado antes de pronunciar un discurso; en 2019 asesinaron a la también liberal candidata a alcaldesa del municipio de Suárez, departamento de Cauca, Karina García. En ese mismo municipio nació Francia Márquez Mina que desde temprana edad se involucró en su comunidad para denunciar que el río Ovejas, que la atraviesa, estaba siendo ilegalmente explotado para la minería. Notó que si no conocía de Derecho pobremente podría hacer valer los derechos de su comunidad, y por eso, con lo que su tía Berta le ayudó a ahorrar de su trabajo en la mina, estudió tal carrera que finalizó, a pesar del dolor de hacerla con un niño a cargo. Por su desempeño en el activismo ambiental fue galardonada en 2018 con el Premio Goldman. El perfil de la flamante vicepresidenta fue molesto desde un primer momento, motivo por el cual recibió múltiples amenazas, llegando inclusive a ser apuntada con un láser en uno de sus discursos de final de campaña, en una señal habitual para “marcar” a políticos a asesinar.

Pero su elevado perfil también le dio una llegada a la juventud que Petro no necesariamente tenía, y fue sin dudas aire fresco para el Pacto Histórico. Mientras que el presidente electo ocupa cargos electivos desde 1981, cuando Márquez Mina dice que ella aspira a formar “el gobierno de la gente de las manos callosas”, “de la gente de a pie”, “el gobierno de los nadies y las nadies de Colombia”, conecta profunda y creíblemente con una sociedad que tiene frente a sí una casta en su versión más cabal desde hace décadas. Además, Francia es novedosa porque es una lideresa de izquierda que habla de la importancia de la paz y de la vida. No reivindica la lucha armada ni la ha integrado, y su agenda no se acaba en los reclamos indígenas, afro y rurales, sino que incluye agendas progresistas como las temáticas de discapacidad, diversidad sexo-genérica y justicia social para la clase media. Tan destacado fue su perfil en la campaña que aparecieron spots que la pusieron en primer lugar, y contó también con una identidad gráfica específica. 

Francia ve intersectarse en sí múltiples elementos que podrían convertirla  en objeto de discriminación: es mujer, afro, madre adolescente y sin pareja, palenquera y raizal. Sin embargo, sintetiza estas vivencias en una noción ecofeminista donde la ecología de la Tierra es asociada directamente con la vida libre de los cuerpos de las mujeres: ambos terrenos fértiles han de ser cuidados de la violencia y el despojo. 

Sin embargo, la realidad no es como los atuendos de colores vivos de Francia. A la novedad y la alegría postelectorales les tocará un gobierno en franca minoría: el Pacto Histórico posee 20 de 108 Senadores/as, 38 de 418 Diputados/as, solo un gobernador (de 32) y números equivalentes de alcaldes/as y concejales/as. Las figuras de más larga data en el sistema político, como Gustavo Petro o Piedad Córdoba, deberán hacer jugar su saber aprendido en los pasillos durante estas décadas si pretenden implementar cambios y construir una paz duradera, que continúan sin ser saldadas en el país tropical.

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