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El micro de los inocentes

Poema a una realidad que existe pero no se ve.

carceles
carceles

Una madre arrastra 2 changuitos 
y 6 bolsas por el último baldío de Villa Palito.
Ya sacó el pasaje.

Una hija se puso el vestido de la comunión
y llega a la oscuridad de Panamericana
con un peluche y un secreto. 
También va.

Una cocinera de colegio pupilo 
se enamoró por Facebook y 
llega en remis desde Boulogne. 
Tiene la plata en la mano.

Una vez por semana ellas se convierten en lo que aman.
Todas se suben al colectivo de los inocentes,
un micro escolar que sale desde Panamericana 
y Márquez a la cárcel de Magdalena.
Recorre 340 kilómetros por día. 
Cinco veces a la semana.
Pasa por 24 paradas. 
Hace 20 años.
La Argentina del que se vayan todos se alimenta 
de los presos que piden que venga alguien.

“Viajamos todos los días a todas las unidades:
28 – 35 – 36 – 51. Bultos sin cargo”
Dice la tarjeta de Cristina, la dueña del bondi.
En el rubro de los “micros tumberos” solo hay 3 mujeres:
Una va a Sierra Chica, otra a Alvear y ella a Magdalena.

“¿Dejas mercadería o también viajas, mami?
Pregunta a las pasajeras. 
$2.000 para ir, 
$1.500 si solo viajan las cajas.
Pero todo es conversable.

En la cárcel esperan esposos, hijos y maridos. 
Culpables afuera y adentro. 
Inocentes en el micro.
La mayoría con defensores oficiales
que “complican un poco las cosas”

“Mi marido mató, 
pero la ley está mal”
“Él se equivocó, pero 
tiene que estar afuera”
Las versiones cambian. Los recuerdos no. 
 
“Se defendió de un violín
con una piedra, pero él no 
tuvo nada que ver: lo 
mataron en el hospital”

En las anécdotas que se cuentan en el micro las cosas no pasan.

Ellas no abandonan, pero de las 
mujeres presas no se ocupa nadie. 
No les mandan nada.
Sus hijos, maridos y padres no van.
No las miran rehacerse.
Pasan las condenas solas.
Sin que nadie impida que se deshagan.

¿Hay alguna forma de resolver una pena?
No. Hay que administrar el tiempo. 
Patear la suerte para adelante para 
sacarse el presente de encima. 

“Falta poco, gordo. Falta menos. 
Paciencia. Acá te espera tu reina”
le manda Paola a Cristian con un 
stickers de una foto juntos.

“¿Te gusta? me lo hice para él”.
Mónica se tatuó dos corazones en 
la mejilla. El otro es de Jorge, que
todavía no tiene sentencia firme. 

La lealtad de las que viajan no explica 
la sombra de los que esperan, pero
muestra la soledad de los que no se tienen.

A veces suben 20 y vuelven 21: 
los que salen en libertad y nadie 
va a buscar también tienen lugar.
Cristina pasa la gorra para juntarles unos 
pesos para el remis y los primeros puchos
porque la valija del futuro a veces 
empieza con una vaquita y un aplauso.  
Ahí el micro cambia de roles. 
Las hijas pasan a ser hermanas mayores. 
Y las esposas se convierten en madres.
Cuidan con calor lo que acaban de conocer, 
para hacerle jurar con los ojos que lo que pasó no pase más.

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